La vida está llena de primeras veces. Algunas maravillosas, otras buenas, y unas quizá no tanto. Capri lo sabe muy bien, y a pesar de ello se mantiene firme en su decisión. Son catorce cosas que debe hacer en seis meses, y aunque no lo contemplaba...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Canción: When i look at you - Miley Cyrus •Tú, yo y la madrugada• Capri
Caminábamos tomados de la mano por el pueblo después de salir del local de tatuajes mientras intentaba no burlarme en voz alta de lo mucho que Alek sufrió con el suyo, a pesar de ser algo relativamente pequeño.
—¿Me mostrarás lo que te hiciste ahí? —preguntó curioso, señalando mi muñeca.
Mi cabeza negó, la nueva adquisición de mi cuerpo iba cubierta por el delicioso y calientito suéter afelpado que había conseguido para la última navidad. No podía mostrarle el tatuaje porque estaba esperando un momento más oportuno para revelarlo.
—No comas ansias, Aleksanteri.
Él chico suspiró y se detuvo sin que yo lo sintiese. Algunos metros por delante, logré percatarme de que ya no venía más a mi lado y dejé de mover los pies. Le miré de reojo y él señaló con su cabeza un restaurante frente a nosotros, obteniendo de mí el entrecejo fruncido.
—Aún no acaba nuestra cita —aclaró.
Una sonrisa brotó de mis labios sin permiso. Alek abrió la puerta y ambos entramos a la deliciosa choza de Chumby, un local sencillo y campirano, hecho de maderas, y con sazón único.
—Debemos ordenar espagueti con albóndigas porque quiero que lo comamos juntos y así, un espagueti bastante largo nos haga besarnos por accidente —comentó con seriedad mientras hojeaba el menú.
—La dama y el vagabundo, eh.
—Sí, tú serás el vagabundo y yo la dama.
—Eres tan romántico, querido —ironicé—. ¿Cómo es que la tan amada Amber te soportaba?
Bien, quizá no debí mencionarla de esa manera, pero en mi defensa, estaba molesta porque ella siempre aparecía en algún momento de las conversaciones. Quería encontrar la manera de abordarlo y decir lo mucho que no deseaba que volviese a suceder. Sí, mala forma de hacerlo, pero lo hecho, hecho está. Distinguí cómo su sonrisa se apagó, como si de un foco fundido se tratara; frunció el ceño y me observó, apoyando sus manos sobre la mesa.
—¿Por qué la mencionas?
—Porque todos lo hacen siempre, ¿qué diferencia hay en que yo lo haga?
Él suspiró y dejó caer su espalda sobre el respaldo de la silla antes de cruzar sus brazos y verme con seriedad.