La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•Color esperanza• Capri
Llegamos a la casa del señor Carson y fue justo ahí cuando descubrí que nuestra presencia era completamente clandestina. Honestamente, estos hombres eran un desastre andante. Pero incluso si gritaba, protestaba o pataleaba como niña pequeña, nada cambiaría. Así que decidí hacer lo único que me quedaba: disfrutarlo. Después de todo, hacer algo malo una vez al año no podía condenar a nadie... ¿cierto?
Apenas cruzamos la puerta, los chicos comenzaron a inspeccionar cada rincón de la enorme casa como si fueran exploradores descubriendo territorio nuevo. Olaf incluso apareció usando uno de los elegantes trajes del señor Carson, caminando por la sala con una copa vacía en la mano y fingiendo ser millonario, mientras Drax y Aleksanteri saqueaban la cocina sin una pizca de vergüenza.
—¡Encontré los puros! —anunció Alek con orgullo.
Giré de inmediato hacia él y avancé un par de pasos hasta quedar a su lado.
—¿Vas a fumar eso?
—¿Quieres uno? Yo invito. —Sonrió con esa picardía imposible que siempre cargaba encima.
—Aleksanteri... —intenté sermonearlo, porque claramente todo aquello estaba mal, pero él se adelantó antes de que mi lado aburrido arruinara el momento.
—Relájate, Caprichos. Solo vamos a divertirnos un rato.
Suspiré y observé alrededor. Todos parecían genuinamente felices, despreocupados, riendo como si el mundo fuera incapaz de alcanzarles ahí dentro. Y quizá yo también necesitaba eso. Dejar de preocuparme por todo durante unas horas.
No sería la aguafiestas esa noche. Ya no más.
Entonces Drax apareció cargando una enorme jaba.
—Encontré bates, globos y hay un grifo afuera. Hagámoslo.
Parpadeé confundida, aunque el panorama se aclaró casi de inmediato cuando Alek tomó un bate de críquet y se colocó en posición, mientras Estéfano aparecía detrás de él con una canasta llena de globos con agua.
—El que se moje, pierde —sentenció Olaf, colocándose unos lentes oscuros con dramatismo. Lanzó un globo al aire y lo atrapó de nuevo—. Y el perdedor comprará la botella de ron.
—Adentro hay como veinte botellas —comentó Mérida divertida.
—Entonces comprará las botanas para la película.
—Menos charla y lanza el maldito globo, mono de nieve —gruñó Alek desde su posición de bateador.
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