La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•El garage• Capri
Una nueva mañana que pudo haber sido perfecta: la luz brillante del sol atravesando la ventana, los pájaros deleitándonos con su dulce canto, un delicioso desayuno, enamorarme y vivir feliz por siempre en un castillo... y así, la historia llegaba a su fin.
Pero no.
No lo fue.
Mi triste realidad comenzó en el momento en que me levanté de la cama a las siete de la mañana. Mi cuerpo decidió jugarme una mala y retorcida pasada.
—Rayos —musité.
Las blancas sábanas que cubrían el colchón de la blanca habitación estaban manchadas, al igual que mi blanco pijama, de un desagradable color carmesí. Parecía la escena de un crimen en la que la víctima, lastimosamente, había sobrevivido.
Y esa víctima... era yo.
Mi periodo había llegado después de ocho largos meses.
Simplemente no podía creerlo.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que sentí la furia de aquella maldición sangrienta... y tenía que aparecer justo ahora, cuando intentaba disfrutar de mi vida.
¿Qué hice para merecer semejante castigo?
No estaba preparada.
No tuve más remedio que tomar una ducha y usar papel... mucho papel, sobre mi ropa interior. No solía ser regular, pero cuando llegaba... Dios todopoderoso, parecía que me desangraba por completo.
Deshice la cama y formé una gran bola de sábanas entre mis manos antes de bajar corriendo hacia el cuarto de lavado. Era un accidente, sí, pero quería encargarme de ello.
—Jabón, jabón, jabón... —murmuraba mientras lo buscaba—. Oh, aquí estás, amiguito. ¿Y tu compañero, el cloro? ¿Lo has visto? Necesito de sus servicios con mucha urgencia, ¿crees que puedas ayudarme?
Sí. Ya me estaba volviendo loca.
Tal vez la falta de hierro debido a tanta pérdida me hacía delirar. Aunque, afortunadamente, solo era la que se desprendía de mi útero defectuoso... porque si fuera del resto del cuerpo, no quería ni imaginarlo.
—La verdad, niña, es que dudo mucho que el jabón pueda ayudarte. Pero yo tengo la solución perfecta para ti.
Ensanché la mirada.
No.
Esto no podía estar pasando.
¿Cómo era posible que siempre apareciera en mis momentos más vergonzosos? ¿Acaso no tenía un mínimo de decencia? Podría fingir que no veía mis raras manías y seguir su camino... pero no.