Nueve

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•Confusión•Alek

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•Confusión•
Alek

Un desagradable cosquilleo en mi pecho me obligó a despertar. Abrí los ojos con dificultad, el sol cegaba, pero aun así, pronto pillé al pájaro que osó despertarme. Suspiré y eso bastó para que el ingrato animal volara por los aires mientras yo observaba los alrededores, intentando descubrir dónde carajos me encontraba. La cabeza dolía un poco; sosteniéndola, me levanté hasta quedar sentado y a mi lado encontré el flacucho cuerpo de Capri. En un destello, recordé nuestra absurda noche de copas y solté un jovial bufido. Esta niña era simple, ridícula e ingenuamente divertida con sus rarezas.

Me acerqué un poco, decidido a despertarle, pero mi vista captó un extraño movimiento a lo lejos. Alcé la mirada y mi madre nos veía incrédula, con la boca muy abierta. La conocía mejor que a la palma de mi mano y sabía perfectamente lo que se avecinaba. Mis ojos se colorearon de blanco y respondí a su llamado; me impulsé con una mano hasta quedar de pie y caminé para llegar a su lado.

— ¡¿Qué haces con Capri?!

Me encogí de hombros, mirando de reojo a la niña por un segundo.

—Dormimos.

Recibí un golpe por parte de las llaves de la entrada principal. El deporte favorito de la mujer que solía llamarse mi madre, era golpearme con sus herramientas de trabajo.

— ¡¿Qué le estás haciendo?!

Arrugué el gesto, ¿en verdad acababa de hacer esa pregunta?

—Yo no hice nada.

— ¿Pasaron la noche juntos? Juntos, juntos como... —El terror en su voz se palpaba. ¿Cómo era eso posible? Se veía realmente angustiada por la respuesta que estaba a punto de obtener.

—Sí, ¿quieres que te cuente exactamente cómo sucedió? —Le miré burlesco y de nuevo, sus llaves me golpearon.

— ¡Aleksanteri Fiol! —chilló.

—Solo bebimos y nos quedamos dormidos en ese lugar —confesé y señalé, sin quitar la vista de ella—. Es todo, doña exageración.

—Promételo.

—Madre, estoy con Amber.

—Tener novia no es algo que detenga a ningún hombre, jamás. Te pido que me digas la verdad, Alek —exigió, amenazándome con su arma mortal abre puertas.

Me encontraba presenciando la primera vez que esta mujer no creía en mi palabra. Me crucé de brazos y la aceché sin comprender el motivo de su desconfianza.

—Ya te dije lo que sucedió. Soy un hombre leal y lo sabes —advertí—. Despiértala, o terminará tostada por el sol.

Rodeé el cuerpo de Tara y decidí ir hacia mi habitación.

LA PRIMERA VEZDonde viven las historias. Descúbrelo ahora