La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•Hagámoslo• Capri
El reloj color cromo en la pared, justo frente a mí, estaba por marcar las nueve de la mañana. No había desayunado y seguía en pijama, enrollada entre las gruesas y blancas cobijas de mi cama.
No me sentía bien. Ni física ni mentalmente.
Estaba cansada... y lo único que deseaba era permanecer ahí, en ese mismo lugar, durante el resto del día.
Bajé las escaleras con un único propósito: avisarle a Tara que hoy no habría clases de cocina. No preguntó nada; simplemente aceptó.
— ¿Y Alek? —cuestioné antes de regresar a mi habitación.
—Oh, mi pequeño está en la piscina —respondió con naturalidad—. Me ayuda a quitar las molestas hojas que caen cada noche.
Creí que diría algo sobre nuestra salida, pero no lo hizo. Y antes de que eso pudiera ocurrir, regresé a mi habitación para volver a esconderme entre las cómodas sábanas.
Quería olvidar.
Olvidar la espantosa fiesta a la que ingenuamente acepté ir.
Cerré los ojos con la intención de descansar, de desconectarme un poco de todo. Me dejé envolver por el canto de los pájaros que se colaba por la ventana, por la luz blanca que iluminaba la habitación, por esa calma que comenzaba a apoderarse de mí...
Hasta que tres golpes sonaron en la puerta.
¡Grr!
Quizá, si fingía no estar, la persona al otro lado se marcharía y podría continuar con el descanso que tanto necesitaba.
Pero no.
Tres golpes más.
— ¿Sí?
La puerta se abrió lentamente. Primero apareció su cabello rubio, luego su frente ligeramente arrugada, sus ojos azules, su nariz respingada y, finalmente, sus labios.
Alek.
— ¿Por qué no estás en tu clase de cocina? —preguntó.
—Porque hoy voy a descansar... y te agradecería mucho que me permitieras hacerlo, por favor —respondí con amabilidad.
Entró por completo y cerró la puerta tras de sí. Su altura parecía rozar el marco superior.
—Te ayudaré.
Lo miré en silencio, sin comprender. Mi ceño se frunció poco a poco mientras intentaba descifrar sus palabras, después de escabullirme entre mis pensamientos, pero no lo conseguí.