La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•sana distancia• Alek
Jodido.
Esa era la palabra que me definía justo ahora. Estaba realmente jodido. Tanto, que si mi vida fuese un libro, este capítulo ni siquiera se llamaría «jodido».
Solté un gran suspiro, dejando caer la cabeza sobre mis brazos cruzados en la isla de la cocina.
—Llevas una semana así, ¿me vas a decir qué sucede contigo? —preguntó Tara. Intentaba sonar calmada, pero yo sabía que la preocupación la obligaba incluso a morderse las uñas.
—No.
—Alek, no puedo usarte como realmente quiero si estás tan... ¿deprimido? Oh, santo cielo. ¡¿Estás deprimido?!
—Madre, por favor —pedí, levantando la mirada mientras mis manos se aferraban con fuerza a la mesa—. No te lo diré.
El rostro de la pobre mujer se descompuso en cuestión de segundos. Imaginó algo, y no fue difícil saber exactamente qué. Preocupada, rodeó la isla y llegó a mi lado, haciéndome levantar con un rápido y firme tirón. Sujetó mis manos y me miró con compasión. Fruncí el ceño, claramente confundido ante su dramatismo.
—¿Embarazaste a Amber?
—¡Ay, por Dios! No, mamá —solté, deshaciéndome de su agarre con rapidez.
La tranquilidad volvió a su alma antes de persignarse.
—Gracias al señor.
Negué, rodando los ojos en claro disgusto.
—Iré a trabajar con el Porsche en el garaje —anuncié, tomando un jugo de naranja—. ¿Hasta qué hora termina tu clase con Capri?
—Al mediodía, como siempre —respondió, regresando a sus tareas—, pero creo que en verdad deberías confiarle a tu madre tus problemas.
—Lo haré, cuando no vaya a decírselo a todas sus amigas en su reunión de sábado social.
Salí de la cocina con el jugo en mano, dirigiéndome hacia la casa del árbol. No arreglaría el Porsche, al menos no en ese momento; pero, considerando que mi madre era la chismosa número uno de todos los tiempos, si le decía que trabajaría ahí, no solo se lo diría a Capri, también me bombardearía con preguntas sobre por qué no la esperaba... y la verdad es que no quería explicarle cómo la besé y cómo, después de eso, habíamos tomado una estúpida y anormal «sana distancia».
Había pasado ya una maldita semana desde aquel beso y no podía sacarla de mi mente. Era un martirio, especialmente por la existencia de Amber en la ecuación. No era un hombre traicionero, jamás me había interesado serlo y, a pesar de haber sido solo un beso, patéticamente me sentía como un monstruo. Incluso seguía molesto con Amber por la escena que montó en la fiesta. Ese era otro motivo por el que estaba jodido: ella estaba enojada porque preferí regresar a casa con la misma chica a la que atacó, y ahora no me hablaba.