Diecisiete

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•Aventura•Alek

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•Aventura•
Alek

Trabajaba en mi auto dentro del garaje, cubierto de aceite y sudor. Estaba a punto de terminarlo, y eso me llenaba de una satisfacción difícil de describir... aunque no tanto como estar con ella. Sonreí como un completo imbécil con solo imaginarla sonrojada. Ese era el nuevo e increíble yo.

Suspiré y tomé la computadora, buscando en línea la última pieza que me hacía falta para completar mi más preciada posesión. Fue entonces cuando mi madre apareció.

—Te traje un poco de limonada.

Sonreí, genuinamente contento, y me acerqué a ella, aún sorprendido por lo bien que me conocía.

—Gracias, mujer maravilla. ¿Ya te había dicho cuánto te amo? —pregunté antes de dar un largo trago al vaso.

—Lo sé, lo sé —respondió con una ligera sonrisa; sin embargo, la seriedad no tardó en instalarse en su rostro—. Alek, quiero pedirte disculpas.

Fruncí el ceño y pasé la lengua por mis labios para limpiar el rastro de limonada.

—¿Por qué? ¿Qué hiciste?

Ella sonrió, mirándome con una ternura que siempre lograba desarmarme.

—Cariño, solo quiero lo mejor para ti. Lamento mucho haberte pedido, de una manera tan dura, que te alejaras de Capri. Pero ahora te lo digo con el corazón en la mano, mi amor: trata de no encariñarte demasiado con ella. Se irá... y no quiero verte sufrir.

Desgraciadamente, ya era demasiado tarde para ese consejo.

—Tengo claro que se irá, madre.

—Te amo, Alek. Siempre lo he hecho, desde la primera vez que te sostuve en mis brazos —sonrió, perdida en el recuerdo—. Aunque no te haya dado la vida, sabes que daría la mía por ti.

—Mamá...

—Si no quieres alejarte de ella, está bien; es una buena niña. Pero, por favor, prométeme que no te encariñarás de más.

Asentí.

Mentí.

🐌

Tomados de la mano, caminábamos entre las viejas y abandonadas vías del tren. Hablábamos de cualquier tontería; a su lado, todo era belleza pura. Y, aun así, no tenía la menor idea de lo que mi mundo atravesaría cuando ella regresara a la ciudad. Exactamente a cinco horas de distancia: quinientos malditos kilómetros. Pero eso no sería una barrera... desde ya ideaba cada cuánto iría a visitarla.

No dejaría escapar este amor. Ni muerto.

—Te tengo una propuesta —dijo, columpiando nuestras manos hacia adelante y hacia atrás.

LA PRIMERA VEZHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora