Veintidos

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Este capítulo es diferente, así que tienen que COMENTAR MUCHO. En cada párrafo 🌚 está permitido mentar madres. Bye🌈

•Dolor•Capri

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•Dolor•
Capri

Nuestra historia se estaba escribiendo. Aleksanteri y Capri se hicieron más unidos las siguientes semanas. La casa del árbol se encontraba casi lista, pintamos el interior del blanco más lindo, aunque a petición suya, hicimos algunos contrastes con otros colores, pues según él y su ignorancia, solo blanco se veía insípido; le di el gusto, a fin de cuentas, ya era algo nuestro. Colgamos algunas de las fotos que tomamos y, sin duda, y mi parte favorita, la ventana de vista maravillosa se adornaba con lindas luciérnagas. También, íbamos a la mitad del libro de amor eterno, y aunque Alek solo hacía comentarios torpes en cada párrafo o diálogo, sabía que ambos lo disfrutábamos.

Sin embargo, las cosas no siempre van a resultar color de rosa. Los problemas tocaron a nuestra puerta un día, sin previo aviso, cuando nos encontrábamos en la cocina hablando de temas triviales. Tara horneaba un delicioso pastel de chocolate porque él lo estuvo pidiendo de rodillas. Se suponía que la ayudábamos, pero solo agotamos la gran paciencia que tenía y nos ordenó ir a la banca. En este caso, los banquillos de la isla.

—No, Caprichos. El señor perfecto no es tan perfecto después de todo. La señora quisquillosa será estúpida si lo perdona tan fácil. —Se refirió a los protagonistas de nuestra novela. Así decidió nombrarlos.

—Pero entiende sus motivos, Alek. Le mintió porque quería protegerla —justifiqué.

—No, las mentiras son cosa seria —aclaró él antes de morder su manzana—. ¿O no, Tara?

Pero Tara no le respondió. Alek frunció el ceño e inclinó un poco su cuerpo para asegurarse de que todo estuviese en orden con ella, y fue ahí, cuando su cuerpo se desplomó sobre el piso de la cocina.

—¡Mamá!

Él corrió hacia el inconsciente cuerpo de su madre y yo por detrás de él. Tomé mi celular y llamé a emergencias de inmediato mientras él la sostuvo entre sus brazos para llevarla hacia uno de los enormes sillones en la sala. El señor Arnaldo no tardó en aparecer y la ambulancia se la llevó en cuestión de minutos.

—Tú ve —dije.

Él negó.

— Ven conmigo.

—La casa quedará sola y...

—Al carajo la casa, Capri. La cerramos, ¿cuál es el maldito problema?

LA PRIMERA VEZDonde viven las historias. Descúbrelo ahora