La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
Este capítulo es diferente, así que tienen que COMENTAR MUCHO. En cada párrafo 🌚 está permitido mentar madres. Bye🌈
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
•Dolor• Capri
Nuestra historia seguía escribiéndose.
Aleksanteri y Capri se volvieron inseparables durante las siguientes semanas. La casa del árbol estaba casi terminada; pintamos el interior del blanco más bonito que encontré, aunque por insistencia suya añadimos algunos contrastes de color porque, según él y su enorme ignorancia artística, «demasiado blanco parecía consultorio médico». Terminé cediendo. A fin de cuentas, ya no era solo mi refugio... era nuestro.
Colgamos varias de las fotografías que tomamos juntos: algunas borrosas, otras mal enfocadas, muchas arruinadas por nuestras risas. Y, sin duda, mi parte favorita eran las luciérnagas pegadas alrededor de la enorme ventana. Por las noches brillaban tenuemente y hacían parecer que las estrellas habían decidido mudarse a nuestra pequeña casa del árbol.
También íbamos exactamente a la mitad de Amor eterno. Alek seguía interrumpiendo cada párrafo con comentarios ridículos, críticas innecesarias o teorías absurdas sobre los protagonistas, pero incluso así, sabía que ambos disfrutábamos esos momentos más de lo que admitíamos.
Porque así era nuestra relación.
Un desastre muy bonito.
Sin embargo, las cosas no siempre permanecen pintadas de color esperanza.
Los problemas tocaron nuestra puerta sin previo aviso una tarde cualquiera, mientras conversábamos de tonterías en la cocina. Tara preparaba un pastel de chocolate porque Aleksanteri llevaba días rogándoselo de rodillas —literalmente—. Se suponía que debíamos ayudarla, pero después de casi quemar la cocina y discutir sobre la cantidad correcta de azúcar, terminó echándonos.
—Fuera. Los dos. Ahora mismo —ordenó, señalándonos los bancos de la isla.
Y ahí terminamos, castigados como niños pequeños.
—No, Caprichos. El señor perfecto no es tan perfecto después de todo. —Alek señaló el libro que descansaba abierto frente a nosotros—. La señora quisquillosa sería una idiota si lo perdonara tan fácil.
Así había decidido llamarles a los protagonistas.
—Pero entiende sus motivos, Alek. Le mintió porque quería protegerla —intenté justificar.
—No. Las mentiras son cosa seria —aclaró antes de darle una mordida a su manzana—. ¿O no, Tara?
Pero Tara no respondió.
El ceño de Aleksanteri se frunció apenas un poco. Se inclinó hacia un lado, buscando verla mejor por encima de la isla.