La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•Mierda• Alek
El viento frío de la noche era particularmente perfecto para pasar un buen rato en la pista. Drax acababa de llamar y todo se encontraba listo. El estúpido alguacil no se entrometería en nuestros asuntos porque estaba en una cita con su madre. ¡Carajo! Amaba a esa mujer y a su insaciable pasión por los hombres.
—Caprichos, ¿podrías apagar la luz?
Con aquella típica postura de realeza, la niña caminó hasta la lámpara y presionó el interruptor, dejándonos a oscuras, iluminados apenas por el cuarto creciente que colgaba sobre el cielo estrellado.
—¿Sabes? He pensado que me encantaría que la casa tuviera un puente, como esos que cuelgan de los acantilados. Aunque, claro, aquí no hay barranco —comentó, observando nuestra creación con un suspiro—. Pero sería increíble poder entrar a ella por uno colgante.
Me miró con una sonrisa llena de emoción.
La casa del árbol estaba bastante avanzada. Tres semanas no habían pasado en vano. Aun así, ella proponía nuevos detalles cada día, y aunque comenzaba a desesperarme... también me divertía.
Fruncí el ceño cuando mi lento cerebro terminó de procesar su idea. Esta pequeña mujer, salida de algún cuento extraño para niños, no conocía los límites de la cordura.
Estaba loca.
O al menos eso parecía.
—Eres tan...
—Caprichosa.
—No, no tiene nada que ver con eso —aclaré, dando un trago a mi botella de agua—. Eres ideática... y una loca.
Ella rió.
Demonios... su risa era tan fina, tan perfectamente colocada, que me llenaba el esqueleto con algo que no sabía si me gustaba o me incomodaba. ¿Cómo podía existir alguien así? Parecía irreal.
—Aleksanteri, quiero la mejor casa del árbol.
—Y así será, sólo porque yo la estoy construyendo —canturreé.
Sus ojos rodaron hasta mostrar apenas el blanco, y una divertida sonrisa se dibujó en mis labios.
Era... fácil estar con ella.
🐌
Estábamos sentados sobre el techo y el cofre del viejo Volkswagen color aguacate del padre de Olaf. Drax soplaba humo directo a mi cara y yo, en respuesta, ocasionalmente le quitaba los cigarros para arrojarlos al suelo en una dulce y merecida venganza.
— ¡Joder, Alek! Ya para, es el maldito tercer cigarro que me arruinas —gruñó.