La vida está hecha de primeras veces.
Algunas te cambian para siempre.
Otras... te rompen un poco.
Capri lo sabe, y aun así decide enfrentarlas todas.
Tiene seis meses para cumplir una lista de catorce cosas que podrían cambiar su vida por completo...
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•El peligro del alcohol• Capri
El día amaneció precioso. Sonreí involuntariamente e inspiré el aire con fuerza, apoyando las manos sobre el marco de la ventana de mi habitación. Así, sin más, decreté que sería el momento perfecto para hacer aquello que tanto deseaba. Tomé mi celular y lo primero que distinguí en su pantalla fue la fecha: Lunes 8 de febrero.
Un mes.
Sentí un ligero apretón en el estómago. No solo significaba eso... también era un mes menos para el final de mi viaje, y aquella idea me atormentaba. No quería que terminara. No quería volver. Pero tampoco podía congelar el tiempo para evitarlo. Así que decidí ¡celebrarlo! chequeando una nueva «primera vez» en mi lista:
Yo, Capri Balí Montalbán, me embriagaría.
Deseaba conocer lo que se sentía, hasta dónde podía llegar. Quería saber qué se sentía. Hasta dónde podía llegar. Si sería de las que lloran o de las que ríen por cualquier tontería.
Solté un chillido, acompañado de un par de aplausos, incapaz de contener la euforia que recorría cada rincón de mi cuerpo. Había botellas de todo tipo frente a mí: Tequila, vodka, cerveza, whisky e incluso vino.
Una vez lista, serví la primera bebida.
Y luego otra.
Y otra.
Sin darme cuenta, una hora después me encontraba riendo como una loca, tirada en el piso de mi habitación. La música sonaba a todo volumen. Twist and Shout llenaba el ambiente mientras yo bailaba sin control.
Mi cabello volaba de un lado a otro. Mis brazos se agitaban. Mis piernas brincaban sin coordinación.
Me sentía... feliz.
Ridículamente feliz.
—Oh, guao. El piso se mueve —escupí y reí a carcajadas solo por ello—. Es hora de ir por agüita refrescante. Sí, sí, twist and shout...
No tengo la menor idea de cómo llegué a la cocina. Pero lo hice. Y, por supuesto, olvidé completamente a qué iba... no tardé en maldecir, echando rayos y centellas a la causa.
—¡Aaah! Dios, hace calor aquí —gruñí, abanicándome exageradamente con las manos—. Es como un sauna... el desierto o...
— ¿Qué haces aquí? Hablando sola de nuevo.
Giré en un tambaleo.
—Oh, Aleksanteri. ¿No te parece que vivimos como en el infierno? Es muy, ¡muy! caliente, de verdad.
Se quedó completamente quieto. Sus cejas se alzaron mientras me observaba con detenimiento.
—Niña... ¿estás ebria?
Reí. Reí como si eso fuese lo más gracioso del universo.
—Oh, no. Para nada. ¿Cómo crees? Si nada más bebí un poco de whisky, vodka, tequila y cerveza... —los conté con los dedos... aunque levanté más de los necesarios—. Apenas abrí el vino, pero vine por algo y... ¡ah! sigo sin recordar qué era —gruñí, frustrada, y lo miré fijamente—. De casualidad, ¿tú lo sabes?