Ocho

915 109 35
                                        

•El peligro del alcohol•Capri

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

El peligro del alcohol•
Capri

El día amaneció precioso. Sonreí involuntariamente e inspiré el aire con fuerza, apoyando las manos sobre la ventana de mi habitación. Así, decreté que sería un momento perfecto para hacer lo que yo más quería. Tomé mi celular y lo primero que distinguí en su pantalla fue la fecha: lunes 8 de febrero. Expresaba que se cumplía un mes de haber llegado a mi escape y sentí un apretón en el estómago, pues no solo significaba eso, por momentos, solamente podía pensar en que era un mes menos para el final de mi viaje, y me atormentaba. Realmente, no quería que esto se terminara, pero no era como si pudiese congelar el tiempo para evitarlo y decidí ¡celebrarlo! chequeando una nueva «primera vez» en mi lista: Yo, Capri Balí Montalbán, me emborracharía.

Deseaba conocer lo que se sentía, hasta dónde podía llegar, si era de las que lloraría o de las que reiría por cualquier tontería. Estaba ansiosa, con botellas de todo tipo frente a mí: Tequila, vodka, cerveza, whisky e, incluso, vino. Solté un chillido, acompañado de algunos aplausos cuando no logré contener los sentimientos de emoción que se esparcían por cada parte de mi cuerpo. Una vez lista, serví la primera bebida y, sin percatarme, una hora más tarde me encontraba riendo como una loca sobre el piso de mi habitación. Me sentía eufórica, bailando twist and shout de los Beatles. Mi cabello se movía de un lado a otro sin parar, meneaba los brazos y mis piernas brincaban en todas direcciones. Me sentía sinceramente feliz.

—Oh, guao. El piso se mueve —escupí y reí a carcajadas solo por ello—. Es hora de ir por agüita refrescante, sí, sí, twist and shout...

Siendo totalmente honesta, no recuerdo cómo es que logré llegar hasta la cocina sana y salva, pero lo hice y, entonces, olvidé a qué demonios iba. No tardé en maldecir, echando rayos y centellas a la causa.

— ¡Aaah! Dios, hace calor aquí —gruñí con desespero y comencé a echar aire con el movimiento exagerado de mis manos—. Es como un sauna, el desierto o...

— ¿Qué haces aquí? Hablando sola de nuevo.

—Oh, Aleksanteri. ¿No te parece que vivimos como en el infierno? Es muy, ¡muy! caliente de verdad.

Pausó cada músculo de su cuerpo, sus cejas se alzaron y me observó curioso.

—Niña, ¿estás ebria?

Reí como si de aquello dependiera mi vida. Gracias a Dios, no me encontraba cien por ciento consciente, porque ¡qué ver-güenza!

—Oh, no. Para nada. ¿Cómo es que crees eso? Si nada más bebí un poco de whisky, vodka, tequila y cerveza... —mencioné y los conté con mis dedos, aunque terminaron alzados seis de ellos—. Apenas abrí el vino pero quise venir por algo a la cocina y ¡ah! Sigo sin poder recordar qué rayos era —gruñí nuevamente y lo miré, miré esos bellos ojos azules que casi me hacían suspirar—, ¿acaso tú lo sabes?

LA PRIMERA VEZDonde viven las historias. Descúbrelo ahora