Veintisiete

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•Simples ratos•Alek

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Simples ratos•
Alek

Recibía indebidos regaños por parte de la malagradecida Tara Robledo mientras la ayudaba a levantarse de la cama. Según ella, podía hacerlo sola, pero yo sabía perfectamente que aún debía cuidarse; además, discutir era prácticamente uno de sus talentos naturales.

Por fin volvería a su vida cotidiana y, aunque eso significaba que la tranquilidad de la casa estaba oficialmente perdida, también implicaba algo mucho más importante: Capri recuperaría sus clases de cocina y, por ende, la deliciosa comida. Y con eso sí que no pensaba meterme.

—Alek, sí necesito tu ayuda con las latas —dijo Tara, señalando la gaveta más alta de la cocina.

—¿Ahora sí me ocupas? —bufé, alzando una ceja mientras cruzaba los brazos frente a ella.

—Ayuda a tu madre y deja de ser un grosero.

La voz de mi novia irrumpió en la cocina justo a tiempo. Levanté la mirada y ahí estaba Capri, hermosa como siempre, con esa expresión dulce capaz de mejorarme cualquier día.

—Buenos días, Tara. Me alegra mucho verte aquí de nuevo —dijo acercándose.

—Buenos días, cariño. Créeme, a mí me alegra todavía más.

Negué divertido y terminé alcanzándole las latas a mi madre. Después miré el reloj que llevaba en la muñeca; daban las nueve en punto.

—Supongo que esa es mi señal para desaparecer antes de que me esclavicen más.

Me acerqué a Capri, la tomé suavemente por la cintura y besé sus labios en un gesto corto, pero lleno de esa absurda necesidad que siempre tenía de sentirla cerca.

—Nos vemos en la casa del árbol cuando termines —murmuré contra su boca antes de mirar a Tara—. Y usted, señora cascarrabias, compórtese.

—Alek, largo de mi cocina.

Una sonrisa ladina se dibujó en mi rostro. Le guiñé un ojo a Capri y salí antes de que Tara decidiera lanzarme alguna cuchara.

Por suerte, el tiempo desfiló vertiginoso. Mantenerme ocupado con los deberes en la casa Montalbán hacía que las horas avanzaran más rápido de lo normal, aunque no lo suficiente para mí. Porque desde que Capri era oficialmente mi novia, cualquier minuto lejos de ella se sentía ridículamente largo.

Iba camino a la casa del árbol con esa mezcla de ansiedad y emoción revoloteándome en el pecho. Carajo... todavía sonaba increíble pensarla de esa manera: mi novia. Y no importaban los kilómetros que pronto nos separarían ni el tiempo que intentara interponerse; estaba dispuesto a luchar por ella como el señor Perfecto luchaba por Perla la Quisquillosa en Amor por siempre.

Y hablando de eso... solo nos faltaba un capítulo.

Habíamos decidido dejarlo para después de la carrera, esperando que aquella noche terminara siendo una celebración y no una excusa miserable para escondernos de la tristeza.

LA PRIMERA VEZHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora