—Eso es un problema —dijo Enzo, cruzado de brazos—. Los vampiros tienen la fuerza de mil hombres y se regeneran a una velocidad absurda. Son casi inmortales.
—¿Por eso es la Primera General? —pregunté.
—Cuanto menor es su número, mayor es su poder. Básicamente, es la más fuerte de todos los generales.
—Tenemos que detenerla.
Enzo me miró como si le hubiera pedido que se tirara de un precipicio.
—En realidad no. Podemos evitarla y dejar que mate a otro.
—¿No piensas hacer nada?
—¿Estás loco? No voy a poner mi vida en riesgo por algo de lo que no gano nada.
—Pues yo sí quiero hacerlo.
—Adelante entonces, niño mártir.
Salí del bar sin responderle.
Discutir con Enzo cuando se ponía así era inútil. Apenas crucé la puerta, sentí una mano en el hombro.
—Ven —dijo detrás de mí—. Si quieres tener alguna oportunidad, necesitas algo.
Caminamos hasta el centro del pueblo. Allí había unas gradas de piedra que bajaban hacia el subsuelo, cubiertas de letreros viejos y grafitis. Descendimos. Tras un tramo de oscuridad absoluta, el pasaje se abrió.
La Ciudad Subterránea.
El aire era pesado, denso, cargado de humo y humedad. Las luces de las tabernas parpadeaban con un tono amarillento y enfermo. La gente murmuraba en los callejones. Se sentía como otro mundo. Un mundo sin reglas.
—Quien entra aquí solo busca tres cosas —dijo Enzo mientras caminábamos por la calle principal—: placer, dinero o muerte.
—¿Qué es este lugar?
—Una zona que el reino abandonó. Precisamente por eso encuentras cosas que jamás verías en la superficie.
—¿Por qué la abandonaron?
—Hubo un incidente. Un solo hombre mató a todo un ejército real. Desde entonces, el reino decidió no volver a meterse.
Asentí en silencio.
Enzo se detuvo frente a una casa de estilo extraño, casi oriental. Deslizó la puerta e entramos. Un hombre bajo que estaba a punto de beber se quedó paralizado al vernos.
—Buenas noches, señores —dijo con una reverencia nerviosa—. ¿Puedo preguntar…?
—Quiero hablar con Ishtar —lo cortó Enzo.
—Me temo que ella solo atiende con…
Enzo se quitó la máscara. El hombre palideció de inmediato y nos condujo sin decir una palabra más a una habitación adornada con lámparas rojas y cojines de seda. Desde las salas cercanas llegaban risas y algún gemido ahogado. Alcanzé a ver a un hombre gateando y a una mujer persiguiéndolo entre paredes delgadas.
Al rato apareció Ishtar. Era elegante, de cabello azabache y un largo kimono ornamentado. Al ver a Enzo, sonrió con ironía.
—Enzo… qué grata sorpresa. Creí que estabas casado.
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Battlefox
FantasíaEstaba muriendo solo, atrapado en su propio cuerpo. Despertó en un mundo que solo respeta la fuerza. Alois no busca ser héroe. Busca volverse tan peligroso que nadie vuelva a decidir por él. A su lado viaja Midna, un hada que lo sigue por voluntad p...
