Maron

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En lo profundo del Bosque Profundo, entre las raíces de árboles muertos y una niebla espesa, un monstruo y su nueva pupila observaban el centro de un fuerte improvisado.

Un cristal de manatita del tamaño de un autobus se alzaba frente a ellos, pulsando con una luz púrpura enfermiza. Cada latido absorbía más maná del bosque.

-¿Pero... cuándo voy a conocer al Rey Demonio? -preguntó Zoe, sin apartar la vista del cristal.

Zhask no levantó la mirada. Seguía afilando una de sus cuchillas con movimientos lentos y precisos.

-Primero debes probar tu lealtad -respondió con voz calmada-. Completa tu misión.

Zoe apretó los labios.

-Entonces... ¿no debería estar haciendo eso ahora?

-Terminaremos aquí primero. No te preocupes... está casi completo. Pronto todo el maná de este bosque será nuestro.

Hubo un silencio breve. El cristal latía más fuerte.

-Entonces...

-Entonces cumplirás tu misión -Zhask alzó la vista por fin, y sus ojos brillaron en la oscuridad-. Capturar a Alois Leonhart.

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Entré a la casa sin pedir permiso. El interior olía a heno, madera vieja y animales.

En una esquina, tirado contra la pared, había un sable de infantería. Viejo, con la empuñadura desgastada y la hoja un poco opaca, pero todavía usable. Lo tomé sin pensarlo dos veces.
Volví a salir.

Los espectros se movían entre las sombras del corral como humo vivo. Cada vez que intentaba cortarlos, la hoja atravesaba aire. Desaparecían y reaparecían unos metros más allá.

No parecían monstruos de carne y hueso. Daban una sensación extraña, como si no fueran del todo reales... como si estuvieran hechos de miedo solidificado.

Maron gritaba y disparaba flechas que tampoco lograban tocarlos.
Entre el caos escuché el relincho desesperado de los animales. Corrí hacia el establo.
Allí había uno distinto. Más sólido. Más rápido. Se movía con propósito, intentando separar a los caballos del resto. Entre ellos, una yegua de color amarillento estaba completamente fuera de control, lanzando patadas en todas direcciones.

Me interposé entre ella y la sombra.
El espectro me atacó de inmediato. Sus golpes eran rápidos, pero inestables, como si no estuviera acostumbrado a pelear de frente. Bloqueé dos, deslicé el sable y logré un corte superficial en lo que parecía su rostro.

La criatura chilló -un sonido que no era del todo físico- y se retiró a toda velocidad hacia el bosque, dejando un rastro de oscuridad viscosa.

Me quedé solo con la yegua. Respiraba agitada, los ojos desorbitados. Me acerqué despacio, sin movimientos bruscos, hablando en voz baja.

-Shh... tranquilo. Ya se fue. Estás a salvo.

Poco a poco la yegua dejó de temblar. Permitió que le pusiera una mano en el cuello.

-¡Hey! ¿¡Qué estás haciendo!? -gritó Maron, llegando corriendo con la ballesta aún cargada.

-Una de esas cosas estaba atacando a los animales -respondí sin apartarme de la yegua-. Esta casi se la lleva.

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