Miss Midnight

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Zoe corría entre los tejados mientras yo me limitaba a seguirla. No se movía con la gracia y precisión que acostumbraba, sino con movimientos caóticos y salvajes, como los de un animal herido.

—¿Y tú sabes dónde está el puerto, Zoe?

Ella asintió justo al detenerse. Sin darme cuenta, me había estado llevando a una zona cada vez más alta dentro del pueblo y sus muros.

—Es curioso, porque nunca había visto el mar alrededor de todo esto, ¿sabes?

Midna salió de mi cuerpo, se sentó sobre mi cabeza y me tiró del cabello.

—¿Qué es un mar, Alois?

—Como un río gigante lleno de sal. Deberías haberlo visto en mis recuerdos.

—Cada ciudad se enfrenta a distintas amenazas. El rey demonio tiene repletas las tierras exteriores con duendes, bestias u orcos, así que el comercio se da a través de...

Zoe no terminó la frase. Un rugido profundo sacudió el aire, seguido de una ráfaga de viento tan fuerte que casi nos derribó.

Un barco gigantesco se levantó entre las nubes, sus maderas crujían y las velas vibraban como alas. Tenía dos piedras azules a los costados, y bajo ellas varios círculos mágicos giraban lentamente, emitiendo un zumbido grave. Las velas principales estaban extendidas en horizontal, cubriendo el casco como alas desplegadas, mientras que otras, más pequeñas, se agitaban como adornos. A los costados, enormes remos ovalados giraban suavemente, acompañados por decenas de cañones incrustados bajo la línea del casco.

—¡Son barcos voladores! —grité.

Si algo me había impresionado en ese mundo hasta entonces, tenían que ser esos barcos. Eran majestuosos, imponentes… casi divinos.

Zoe me hizo señas para seguirla. Subimos hasta una torre colosal con múltiples pistas donde las naves atracaban. Desde allí, el viento soplaba con una violencia helada. La media noche nos envolvía, y la neblina cubría la luna como si intentara ocultar el cielo mismo.

Subí detrás de Zoe por cada pasillo al que entraba. Mi cuerpo dolía, pero la adrenalina mantenía mis piernas firmes. Solo había una misión en mi mente.

Ella me hizo señas para detenerme antes de subir al barco.

—Entramos, tomamos la caja y nos vamos. Tendría que ser la única caja apartada en el barco.

—Solo ten en cuenta que no puedo defenderme como debería —dije bajando la voz—. Estoy lastimado, Zoe… y tampoco tengo una espada.

Zoe me miró con fastidio y giró los ojos antes de entregarme una de sus plumas.

—Es básicamente una daga. Si sabes pelear con una espada, sabrás usar esto.

Ella se adelantó sin esperar respuesta, pero Midna me detuvo antes de que pudiera seguirla.

—Permíteme, Alois —dijo saliendo de mi cuerpo. Su luz azulada brilló al colocarse sobre mis manos.

Sentí el flujo del maná recorrerme, y la pluma comenzó a vibrar y alargarse hasta tomar forma de una espada algo tosca, pero perfectamente equilibrada.

—Con eso bastará —susurró Midna antes de volver a entrar en mí.

La seguí. De un salto subimos a la cubierta, y luego descendimos al nivel inferior. El ambiente era pesado, cargado de olor a aceite, metal y madera húmeda. Había hileras de cañones, y debajo de ellos, una compuerta conducía a la bodega principal.

Zoe ya revisaba las cajas, abriendo algunas y empujando otras.

—Revisar este barco podría tomarnos toda la vida —bufé, apartando una de las más grandes.

—Es el único barco que parte por la mañana. Tiene que ser este —respondió sin detenerse.

Midna salió flotando y se acercó a una viga de madera.
—¿Saben chicos? Esta cosa de acá está hueca.

Desenvainé mi espada e hice un corte leve. La madera se abrió revelando un pequeño cofre dorado.

Zoe se apresuró a tomarlo y, al abrirlo, encontramos un polvo oscuro sobre un fondo rojo.

—¿Polvo negro? ¿Quién pagaría tanto por polvo negro? —pregunté, frotando un poco entre los dedos.

El olor a carbón me dio una pista.
—Midna, dame una chispa.

Ella encendió una flama diminuta. El polvo se prendió de inmediato, consumiéndose en una llamarada breve y brillante.

—Pólvora —murmuré.

Los ojos de Zoe se abrieron de par en par. Sin decir nada, corrió hacia la salida.

La seguí por los pasillos, subiendo hacia el salón de los cañones.

—No tiene sentido, Alois —dijo en voz baja—. Mira la cantidad de cañones que hay aquí. ¿No usan pólvora acaso?

—Son cañones mágicos. Cada disparo cuesta una fortuna porque usan piedras de manatita.

—¿Y las defensas? ¿No bloquean eso?

—Bloquean magia, no acero. —Me detuve un momento—. Realmente es el único uso lógico que le veo a la pólvora en este mundo. No he visto ni un prototipo de arma de fuego.

—Ohh, pero sí las hay —respondió una voz ajena, suave y burlona.

Un estruendo sacudió el barco. Un pilar estalló frente a nosotros, lanzando astillas por todas partes.

—¡Soy la sexta general del rey demonio, Miss Midnight, y exijo esa caja, señoritos!

Una mujer hermosa, de cabello rojo y mirada serpenteante, emergió entre el humo. Llevaba un sombrero ladeado y un atuendo que mezclaba cuero y seda, con dos cañones de mano brillando en runas carmesí.

Detrás de ella apareció un hombre gigantesco, de piel pálida y barba espesa, cruzando los brazos como si nada pudiera dañarlo.

Los disparos de Midnight retumbaron, obligándonos a escondernos tras unas cajas.

—Preferiría no matarlos, chicos —dijo con tono juguetón—. Si me entregan la cajita, los dejaré ir.

Sabíamos que hablar sería delatarnos. Le hice señas a Zoe para que esperara.

Subí las manos, fingiendo rendición. Midna se preparó dentro de mí, ajustando mi vista con un hechizo de percepción.

—N-no queremos pelear tampoco. Solo estamos buscando...

—Tú —interrumpió Midnight con una sonrisa afilada—. Tú eres el chico que mató a Alouqua y a Revesk, ¿verdad? El rey demonio está muy interesado en ti.

Sacó un afiche con mi rostro. El papel crujió al desplegarlo, y por un instante sentí el mundo detenerse.
Mi estómago se hundió. Un escalofrío subió desde mis pies hasta la cabeza.

—Te quiere vivo. A ella, no tanto —añadió con crueldad.

Apuntó hacia Zoe y disparó. La explosión hizo temblar el suelo, pero Zoe ya se había movido. Su pluma cortó el aire y rozó la mejilla de Midnight, dejando una línea de sangre.

La sonrisa de la mujer se deformó en ira.

—Eso dolió, querida.

Disparó otra vez, y el proyectil vino directo hacia mí. Midna gritó dentro de mi mente, y actué por puro reflejo. Corté el aire. La bala se partió en dos y pasó de largo.

Me lancé hacia ella con espada en mano, pero una sombra gigantesca se interpuso. Un golpe brutal desde abajo me alcanzó en el pecho y me arrojó a la cubierta, destrozando el techo donde estaban los cañones.

—Gracias, querido —dijo Midnight sin mirarlo—. Encárgate de él mientras yo peleo con la chica.

El hombre asintió y saltó tras de mí, rompiendo más tablones con su peso.

Midnight giró su mano, limpiándose la sangre de la mejilla.
—Y ahora, mi niña… —sonrió— vamos a bailar.

CONTINUARÁ

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