Decadencia

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La vampiresa me tomó del rostro con una sola mano y me arrojó al centro del salón. Apenas tuve tiempo de alzar la vista cuando saltó sobre mí como una bestia desatada.

El impacto fue seco. Mi cuerpo se dobló en el aire y mis extremidades salieron volando con cada uno de sus golpes. El dolor fue indescriptible… tan absoluto que ni siquiera podía gritar.
Pero desaparecía en segundos. Mis huesos volvían a soldarse, la carne a cerrarse. Un ciclo infernal de destrucción y reconstrucción.

Apreté los dientes y tomé mi espada. Con un corte rápido, le arranqué el brazo derecho.
No sirvió de nada. El miembro volvió a crecer ante mis ojos, envuelto en aparente vapor.

Básicamente, era una pelea entre un inmortal y una inmortal con fuerza de demonio.

Los golpes resonaban en todo el castillo. Pedazos de carne, sangre y fragmentos de piedra volaban por el aire. Cada pared era una obra de arte pintada con vísceras.

—¡Excelente! —gritó Alouqua, riendo con un sonido tan agudo que dolía—. ¡En toda mi existencia jamás había tenido una pelea así! ¡JAJAJAJAJA!

—¡Agggh! ¡Maldita loca! —gruñí, intentando bloquear su siguiente embate.

Ella giró en el aire y me pateó en la cintura. Salí disparado hasta estrellarme contra una pared, dejando un rastro de sangre y hueso molido.
Cuando recobré la conciencia, la mancha que había dejado se extendía como una flor roja detrás de mí.

Era como si hubiesen destripado un mosquito.

Antes de que pudiera moverme, Alouqua me tomó por la cabeza y comenzó a limarla contra las paredes mientras corría, destrozándome el rostro a cada metro.

El mundo giraba en una espiral carmesí.
Me deslicé por el suelo como un trapo roto.

—Alois —escuché la voz de Midna dentro de mi mente, vibrando con preocupación—. Debes acabar con esto rápido… cada vez tardas más en despertar.

Me obligué a ponerme de pie, tambaleando. Corrí hacia la vampiresa y le corté la cabeza en un solo movimiento, luego su cuerpo en pedazos.
No solté mi espada ni una sola vez, aunque ya no sentía los dedos.

Los trozos de carne cayeron al suelo. Y entonces… empezaron a reír.
Un sonido gutural, ahogado, que se convirtió en una carcajada histérica mientras el cuerpo se disolvía en una bandada de murciélagos.

Intenté cortar tantos como pude, pero eran cientos. Miles.
Para cuando acabaron conmigo, mis tripas colgaban en el suelo.

Caí de rodillas, jadeando, intentando regenerarme tan rápido como podía.
El dolor… el dolor era demasiado.

Ella apareció frente a mí con una sonrisa torcida. Me tomó del brazo y me arrojó nuevamente al centro del castillo. Reboté por las paredes hasta que mis huesos se pulverizaron.

Cuando desperté, sentí su agarre de nuevo. Me azotó contra el suelo una y otra vez.
El aire se me escapó.
El brazo se desprendió.

—Oye... creo que se te cayó esta flácida porquería. —Alouqua agitó mi propio brazo frente a mí—. JAJAJAJAJAJAJAJAJA.

Grité, pero no salió sonido.
La conciencia se me escapaba como arena entre los dedos.

Era imposible… no podía ganarle a esa mujer.

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