Batalla en el Bosque

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A medida que cabalgaba, las plantas y la hierba parecían morir lentamente a mi alrededor.

El viento que emanaba de mi sable me guiaba en la misma dirección que la muerte. Pero antes de seguirlo del todo, había algo que necesitaba corroborar por mi cuenta.

Mostaza avanzaba con cuidado mientras nos acercábamos al muro.

De cerca era mucho más imponente de lo que había imaginado: una pared de piedra oscura que se perdía hacia el cielo, demasiado alta y gruesa para que cualquier cosa normal pudiera atravesarla o escalarla.

Veinticinco metros de muralla sólida. Incluso con el Berserk, no había forma de hacerle un rasguño.

-Sarah dijo que el agujero estaba por aquí... -murmuré-. Aunque encontrarlo puede tomarnos un rato.

-¿Hablas del agujero en los muros? -preguntó Midna, flotando a mi lado.

Seguimos el rastro de vegetación marchita hasta que Mostaza se detuvo por instinto. El aire aquí era distinto: más pesado, cargado de maná estancado.

-Hay algo raro -dijo Midna, frunciendo el ceño-. El maná se siente cortado. Como si alguien hubiera abierto un tajo en el bosque.

Bajé de la yegua y avancé a pie. El viento de mi sable soplaba con más fuerza hacia un punto concreto del muro. Y entonces lo vi.

No era un agujero limpio. Era una herida enorme e irregular en la piedra, con los bordes negros y astillados, lo bastante ancha como para que un grupo de hombres armados pasara sin agacharse demasiado.

Alrededor solo había huellas recientes y la tierra removida por el paso constante de mucha gente.

Me quedé mirándolo un momento. No podía hacer nada al respecto. Ni cerrarlo, ni destruirlo, ni bloquearlo de forma permanente. Era una cicatriz abierta en el reino, y yo no tenía el poder para sanarla.

Más allá del agujero, entre las raíces enormes y retorcidas de varios árboles gigantescos que se entrelazaban formando una especie de cúpula natural, se filtraba un brillo rojo intenso y constante.

La guarida.

El cristal estaba ahí dentro.
Me giré hacia Mostaza. La yegua me miraba con las orejas tensas, inquieta.

-No puedes quedarte aquí -le dije en voz baja, acariciándole el cuello-. Es demasiado peligroso. Si alguien sale de ese agujero o de la guarida, te van a encontrar.

La guié varios minutos lejos de la zona, hasta un claro más oculto entre los árboles aún vivos. La acaricie con calma antes de marcharme.

-Quédate quieta. Voy a silvar cuando puedas acercarte.

Mostaza resopló, como si entendiera. Le di una última palmada y regresé hacia el agujero y la guarida, esta vez completamente a pie.

El brillo rojo parecía llamarme.

Mientras caminábamos, balanceaba el viejo sable de un lado a otro, observando cómo el viento reaccionaba a cada movimiento.

-Midna... ¿qué crees que puede hacer realmente esta arma?

-Son runas de viento -respondió desde mi hombro-. Puedes invocar corrientes, empujar con fuerza... tal vez más. Pero soy un hada, no una experta en espadachines.

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⏰ Última actualización: Aug 17 ⏰

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