Pastelería

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Habían pasado ya un par de semanas desde la pelea del barco y mis heridas por fin se habían curado por completo.

Abrí los ojos una mañana y me apresuré a bajar al restaurante de Charlotte buscando desayuno.

Midna aún estaba adormitada, talvez seguiría durmiendo unos minutos más.

Me senté en la barra donde siempre lo hacía cada mañana y Charlotte me recibió.

—¡Buenos días mi niño! ¿Dormiste bien?

—Tan bien como podría —respondí mientras aún me estiraba en mi lugar.

—¿Qué quieres para desayunar?

—Un cereal de insectos, jugo de naranja y... un tazón de fresas, con crema porfavor.

Midna estará feliz al despertar.

Justo a mis espaldas, una voz me paralizó por un instante.

—Buenos días madre —soltó Zoe con una voz apagada y sin detenerse.

Zoe se veía mal como ya se estaba volviendo costumbre. Sucia, despeinada y con unas ojeras terribles.

—¡Buenos días mi niña!

Charlotte giro su cabeza mirando a Zoe con una gran sonrisa hasta que ella dejó la sala e instantaneamente me volvió a ver a mí, furiosa.

—Te juro que como me entere que ella está así por que tú le rompiste el corazón, te cuelgo de los huevos.

—N-no señora, no es mi culpa, se lo juro —respondí levantando las manos completamente nervioso.

—Aún si no lo es, deberías tratar de animarla llevandola a comer, ¿eres su amigo no?

Asentí en silencio antes de que ella se retirase para traer mi orden.

Mientras esperaba, solo podía pensar en que talvez ella tenía la razón y yo tenía que tomar la iniciativa para acercarme.

Zoe regresó al salón limpia y amarrandose el delantal para comenzar a trabajar con Charlotte, a lo que yo me levanté rápido para tratar de hablar con ella.

—¿Zoe? ‐susurré lleno de nervios.

Ella me volvió a ver sin cambiar su expresión.

—E-escucha, sé que estás molesta... y no sé si realmente es mi culpa, pero ¿te gustaría ir en la tarde a un nuevo restaurante que acaban de abrir a unas calles de acá?

Zoe me miró por unos segundos mientras parecía decidir.

—Está bien -soltó justo antes de retirarse.

Me congele unos segundos antes de reaccionar, pero almenos me había dicho que sí.

Volví lentamente a mi lugar con una extraña sensación de victoria triste.

Midna despertó justo cuando Charlotte dejó el tazón de fresas en la barra. La muy sinvergüenza salió volando de mi bolsillo como si llevara dos horas oliendo el azúcar desde la cama.

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