Ataque Nocturno

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Con toda la calma del mundo, Enzo me mostró cómo sus pupilas se teñían de rojo y cómo una leve aura de maná lo envolvía al activar su Berserk.

—No me ves perdiendo el control, ¿cierto? —señaló antes de hacerme un gesto con el dedo, provocador—. Atácame.

Verlo pelear así no era distinto de verlo pelear normalmente. Corte tras corte, me acerqué sin demasiada dificultad, leyendo sus movimientos como siempre.
Justo cuando mi hoja estaba por tocarlo, detuvo la espada entre sus dedos.

El golpe que siguió fue simple. Una palma abierta.

Aun así, la fuerza fue desproporcionada.
Salí volando varios metros antes de estrellarme contra el suelo.
Midna emergió de mi cuerpo cuando abrí los ojos, todavía aturdido por el impacto.

—¿¡Por qué me pegas así!? —protesté, incorporándome apenas.

—Te golpeé suave, Alois. No seas chillón —respondió Enzo sin el menor remordimiento—. Quería que sintieras la diferencia. El Berserk no es solo fuerza bruta… es control.

Me senté del todo, mirandolo fijamente con enojo.

—El Berserk no funciona como las demás habilidades —continuó—. Se alimenta activamente de tu maná. Te Consume.

—Y al limitar el flujo —intervino Midna—, limitas la habilidad también.

La miré de inmediato.

—¿Sabías eso y no se te ocurrió decírmelo?

Midna ladeó la cabeza, incómoda.
—Nunca lo pensé así. Para mí siempre fue más sencillo cortar el maná como un interruptor.

Suspire, pero lo entendí.
Me puse de pie y asentí.

—Ayúdame a hacerlo.

Midna regresó a mí y sentí su presencia ajustarse, más cuidadosa de lo habitual. Cerré los ojos. Vacíe la mente. Busqué esa sensación… la de aquella pelea en la que perdí el control.

Mis pupilas se volvieron rojas.
Pero esta vez no hubo furia desbordada.
Era como sostener una llama pequeña entre las manos, peligrosa, pero estable.
Abrí los ojos.

—Bien —dijo Enzo—. Ahora ven por mí.
Me lancé contra él.

Nuestros choques ya no eran torpes. Cada impacto tenía peso, pero no me arrancaba el juicio. Sentía el Berserk empujándome, pidiendo más… y por primera vez, pude decirle que no.

Apenas me acerqué, Enzo dio medio paso al costado.

Mi puño pasó rozándole el pecho. Sentí su antebrazo chocar contra el mío y desviar el golpe sin esfuerzo. Antes de que pudiera reaccionar, su rodilla impactó en mi muslo, cortándome el avance.

Respondí con un codazo directo a las costillas.

Enzo lo recibió con el hombro, girando el torso para disipar la fuerza, y me devolvió un puñetazo corto al esternón. El aire se me escapó de los pulmones.
No retrocedí.

Clavé el pie en el suelo y lancé una serie de golpes rápidos, buscando su guardia. Enzo bloqueó dos, dejó pasar uno a propósito y aprovechó la apertura para golpearme con el dorso del puño en la mandíbula.

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