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17. Día libre.

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No recuerdo nada más hasta que vuelvo a abrir los ojos.

La luz de la mañana entra por las ventanas e ilumina la habitación. Durante un segundo me engaño pensando que estoy en casa, pero enseguida me doy cuenta de que no. No reconozco el lugar. Me incorporo despacio y miro a mi alrededor. Estoy en una cama enorme, con sábanas blancas y un edredón que parece recién estrenado. Todo está perfectamente ordenado. 

Este no es mi apartamento.

Cierro los ojos un momento e intento recordar qué pasó anoche. Lo último que tengo claro es el jeep de Jack, su perfume y su voz, que poco a poco se iba perdiendo entre el sueño. Después de eso... nada.

Bajo la mirada y descubro que llevo puesta una camiseta negra bastante grande. Huele a él. Es suya. No hay forma de que yo me cambiara sola estando en ese estado. Mi vestido de anoche no aparece por ninguna parte. Junto a la cama encuentro una toalla blanca doblada. Encima hay un cepillo de dientes nuevo, ropa interior y un vestido rosado, suelto y sencillo. No puedo evitar sonreír un poco al pensar en Jack comprando todo esto para mí. 

Me doy una ducha tranquila, dejando que el agua termine de despejarme. Cuando por fin me visto, sigo sintiéndome extraña. Como si apenas estuviera empezando el día, pero ya cargara con el peso de toda la noche anterior. Al salir de la habitación recorro un pasillo amplio. Hay varios cuadros en blanco y negro colgados en las paredes y cada detalle parece estar exactamente dónde debe. Este tampoco es el apartamento donde me llevó aquella vez. Es otro. Mucho más grande.

Sigo caminando descalza hasta llegar al comedor. Allí está él, sentado a la mesa como si no tuviera ninguna preocupación. Lee el periódico mientras sostiene una taza donde bebe algo caliente. Lleva una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los codos y, aunque apenas levanta la vista cuando escucha mis pasos, enseguida sé que ha notado mi presencia.

Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo con calma. 

—Buenos días —dice.

—Buenos días —respondo, insegura de si debo preguntarle todo de golpe o fingir que no me importa haber despertado en su cama sin recordar cómo llegué.

Me señala la silla frente a él.

—Hay café recién hecho. Y te preparé algo. No sabía si te gustaban los huevos revueltos, así que también hice tostadas.

Me acerco lentamente, mientras todo en mí intenta entender cómo una noche confusa terminó convirtiéndose en una mañana tan... familiar.

—¿Dormí mucho?

Él deja el periódico a un lado y suelta una sonrisa leve.

—Unas diez horas. No quise despertarte.

—¿Y este lugar?

—Lo compré. Mi antiguo apartamento ya no era muy seguro. Eres la primera en visitarla. 

Mi estómago da un pequeño vuelco. Él sigue hablando como si no acabara de decir algo importante.

—Estabas agotada y aquí... nadie puede molestarte.

Me siento. El café humea frente a mí. 

—¿Puedo hacerte una pregunta? — Jack clava sus ojos en mí. 

—Sí. — respondo. 

—¿Qué pasó anoche? — no sonríe. Parece que es una conversación seria para él. 

—Bailamos. Un par de tragos. Después salimos y....llegaron ustedes. — escucha con atención. — ¿Por qué no me llevaste a mi apartamento?

—Porque no quería dejarte sola.

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