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33. El perdón.

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Melanie Cross.

Despierto como si estuviera saliendo de un océano espeso, con todo el cuerpo pesado y la sensación de que apenas puedo respirar. La luz me lastima los párpados, aunque solo consigo abrirlos un poco, y mi garganta arde. El aire huele a desinfectante, a plástico y, debajo de todo eso, a él.

Jack.

Intento moverme, pero un dolor punzante atraviesa mi costado y me obliga a detenerme. Un gemido escapa de mis labios antes de que pueda evitarlo, y enseguida una sombra se inclina sobre mí.

—Melanie. Despertaste.

Trato de enfocar la vista. Está sentado junto a la cama, con los codos apoyados sobre las rodillas, la barba más crecida de lo normal y el rostro cubierto por unas ojeras profundas.

—Jack... —mi voz suena extraña, como si no saliera realmente de mí.

—No hables demasiado —dice de inmediato, tomando mi mano entre las suyas— Estás a salvo, ya todo pasó.

Sus dedos tiemblan un poco cuando me toca, pero no me suelta. Los míos están fríos y débiles, apenas tengo fuerzas para responderle, aun así intento cerrar la mano alrededor de la suya. Cierro los ojos durante un instante y todo regresa en fragmentos, gritos, disparos, fuego, el suelo de tierra roja, el rostro de Tariq y después nada, solo oscuridad, como si hubiera caído dentro de un pozo sin fondo.

—¿Dónde estoy?

—En una clínica privada, cerca de la base —responde con suavidad, aunque puedo notar que está al límite— Tenías varias costillas fracturadas y perdiste el conocimiento durante el traslado.

—¿Y tú?

—Estoy bien, no pienses en eso ahora, solo recupérate.

Me acaricia el cabello como si tuviera miedo de hacerme daño.

—Me asusté tanto... creí que...

Se traga el resto de la frase y aparta la mirada. Me dan ganas de llorar, aunque no sé si es por el dolor, por el alivio o por verlo ahí, intacto y destruido al mismo tiempo. 

—Pensé que no lo lograría — susurro apenas.

—Yo también, pero aquí estás, y no pienso irme a ningún lado —aprieta mi mano con más fuerza— Esta vez no.

Besa mi mano. 

—¿Te duele algo? ¿Quieres que llame al doctor?

—No —niego apenas con la cabeza — Solo...quédate aquí. 

Él lo hace. Sus ojos se encuentran con los míos y, por un momento, la habitación desaparece. Dejo de escuchar los monitores, los pasos del pasillo y el sonido bajo del aire acondicionado, como si solo quedáramos nosotros dos.

—Pensé que no iba a volver a verte —le digo, sintiendo cómo mis ojos se llenan de lágrimas.

Jack se acerca y acaricia mi mejilla con la yema de los dedos.

—No digas eso —murmura— No vuelvas a decirlo nunca más.

—Te escuché, allá, en medio del caos, gritaste mi nombre, pero yo ya no podía moverme, creí que era el final.

—Fue una pesadilla.

—Pero llegaste, estás aquí —intento apretar su mano— Me salvaste otra vez.

Él baja la mirada, no sé si por culpa, por amor o por ambas cosas.

—No te salvé, te fallé antes de eso. Nunca debiste terminar en ese infierno.

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