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21. Peter.

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La palabra padre me golpea como si alguien acabara de darme un puñetazo en el estómago.

—Yo no tengo un padre.

Richard ni siquiera parpadea. Sigue sentado frente a mí con una tranquilidad que me desespera. Me observa como si estuviera estudiando una pieza de museo, como si todo esto fuera exactamente lo que esperaba que ocurriera.

—Tienes sus ojos —dice con total calma. No hay emoción en su voz. Ni culpa. 

—Estás muerto para mí.

Él apenas inclina un poco la cabeza.

—Eso no cambia los hechos. Tú solo llegaste en el momento equivocado.

Me dan ganas de vomitar.

Se pone de pie despacio y comienza a caminar alrededor del sofá donde sigo atada. No tiene prisa. Sus pasos son lentos, como los de alguien que sabe que controla absolutamente todo.

—Esperé muchos años para este momento —dice mientras pasa detrás de mí— Tenía curiosidad por saber en qué clase de mujer te convertirías.

Un escalofrío me recorre la espalda cuando siento su presencia tan cerca.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué me secuestras? ¿Qué quieres de mí?

Se detiene un instante detrás de mí. Puedo sentir su sombra sobre mi espalda.

—No lo llames secuestro. Prefiero verlo como una conversación familiar... que se retrasó demasiado.

Escucho cómo vuelve a sentarse. Cruza una pierna sobre la otra con absoluta tranquilidad. Como si yo no estuviera amarrada. Como si todo esto fuera una reunión cualquiera.

Aprieto los dientes.

—La policía va a encontrarte. Hay gente muy capaz buscándome. Cuando den contigo, vas a terminar donde mereces.

Una sonrisa apenas se dibuja en la comisura de sus labios.

—¿Hablas de Jack Connor?

Mi corazón da un vuelco. ¿Cómo sabe de Jack?

—Es un buen agente. Inteligente. A veces resulta útil... y otras veces se convierte en un problema.

Lo odio. Odio la tranquilidad con la que habla. La seguridad con la que pronuncia cada palabra. Como si supiera cosas que yo ni siquiera imagino.

Finalmente levanta una mano y uno de los hombres se acerca. Saca una navaja y corta las cuerdas que sujetan mis muñecas. Pero yo no espero. En cuanto recupero un poco la movilidad, me levanto de golpe y corro hacia la puerta. Solo doy tres pasos hasta que un brazo enorme me rodea la cintura y otro hombre me sujeta ambos brazos con tanta fuerza que apenas puedo moverme.

Me revuelvo, intento zafarme, lanzo un codazo hacia atrás y después una patada. Pero nada funciona. Uno de ellos me inmoviliza contra la pared mientras el otro me obliga a quedarme quieta.

—¡Suéltenme!

Forcejeo con todas mis fuerzas.

—¡Suéltenme!

Uno de los hombres aprieta un poco más el agarre.

—Quieta.

Sigo luchando unos segundos más hasta que comprendo que no voy a ganar. Son demasiado fuertes.

Richard observa la escena sin moverse de su silla. Ni siquiera parece sorprendido. Solo espera. Cuando dejo de forcejear, hace un pequeño gesto con la mano y los hombres me sueltan.

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