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22. El ataque.

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Entro al edificio con las piernas pesadas, todavía intentando entender todo lo que acaba de pasar. Pero apenas cruzo la puerta del lobby, me quedo completamente inmóvil. Hay policías por todas partes. Las radios no dejan de sonar. Afuera alcanzo a ver las luces azules y rojas reflejándose contra los cristales del edificio. Hay varias patrullas estacionadas, camionetas sin identificar y una ambulancia esperando con las puertas abiertas.

Todo el mundo se detiene cuando me ve. Es como si el tiempo se congelara. Una recepcionista se lleva las manos a la boca y un policía baja lentamente la carpeta que tenía entre las manos. Otro agente habla por el radio con la voz completamente alterada.

—¡La encontramos!... ¡Repito, la señorita Cross apareció!... ¡Está aquí!

Parece que estuvieran viendo a alguien que volvió de entre los muertos y un oficial se acerca casi corriendo.

—¿Se encuentra bien? ¿Está herida?

No sé qué responder. Otro agente ya está hablando por el radio.

—Avísenle al agente Connor... ya apareció.

Mi corazón se acelera.

Jack.

Sin darme cuenta, empiezo a caminar hacia el ascensor. Nadie intenta detenerme. Al contrario. Todos se apartan para abrirme el paso. Cuando las puertas se cierran, por primera vez desde que salí de ese lugar, me permito respirar. 

Había desaparecido. Me habían secuestrado. Y durante todo ese tiempo... ellos me estuvieron buscando.

Las puertas vuelven a abrirse en mi piso. Apenas doy dos pasos, escucho una voz al otro lado del pasillo.

—¡Me importa un carajo el protocolo! ¡Llevamos horas sin saber dónde está!

Es Jack.

La puerta de mi apartamento está completamente abierta, así que entro despacio. Él está de espaldas, con el celular pegado al oído. Lleva la camisa arrugada, las mangas remangadas hasta los codos y el cabello completamente desordenado, como si hubiera pasado horas pasándose las manos por la cabeza.

Nunca lo había visto así.

—No me importa cuántos equipos tengan en la calle

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—No me importa cuántos equipos tengan en la calle. Quiero cada cámara revisada, cada salida de la ciudad bloqueada y...

Se interrumpe. Alguien acaba de avisarle que estoy allí y se gira.

Nuestros ojos se encuentran.

Durante un segundo entero no se mueve. Solo me mira. Como si necesitara comprobar que no soy una ilusión. Y luego lentamente baja el teléfono.

—Olvídalo. Está aquí. 

Ni siquiera espera respuesta. El celular cae sobre el sofá y da dos pasos hacia mí. Su respiración sigue agitada y sus ojos todavía están llenos de rabia. Pero ya no es esa rabia desesperada de hace unos segundos. Es alivio.

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