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37. Esperanza.

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Otro nuevo día.

Estoy en una tienda mirando ropa sin demasiado interés, llevo varios minutos pasando perchas de un lado a otro, más por distraerme que porque realmente quiera comprar algo, cuando un conjunto llama mi atención. Es sencillo, una blusa clara de mangas largas, una falda oscura y un abrigo de corte clásico, no tiene nada especial, pero me quedo mirándolo más tiempo del necesario porque se parece demasiado a algo que usaría mi madre.

Puedo verla perfectamente con algo parecido, arreglándose frente al espejo, acomodándose el cabello con las manos y preguntándome si se veía bien, aunque nunca esperaba realmente una respuesta porque siempre terminaba eligiendo lo que quería.

Aprieto los labios y aparto la mirada. No quiero pensar en ella. Últimamente intento no hacerlo, porque cada vez que Martha aparece en mi cabeza también regresan las discusiones, las cosas que hizo, las que dijo y todo aquello que todavía no logro entender. Recordarla me pone tensa, me deja una presión incómoda en el pecho, una mezcla de rabia y tristeza que no sé cómo manejar, por eso trato de alejarme del conjunto y seguir caminando, pero apenas doy unos pasos me detengo.

Quizás ese sea precisamente el problema, llevo demasiado tiempo intentando alejarme.

Miro otra vez hacia el atuendo y recuerdo a mi madre antes de que todo se complicara. Por mucho que me duela admitirlo, no todos mis recuerdos con ella son malos, hubo momentos en los que fue mi refugio, en los que podía correr hacia ella sin pensarlo dos veces, y aunque ahora siento que esa mujer desapareció hace mucho, una parte de mí todavía se pregunta si sigue ahí, escondida debajo de todo lo demás.

Saco el teléfono del bolso, miro la hora y luego me quedo unos segundos con la pantalla encendida entre las manos. Hace días que pienso en visitarla, siempre encuentro una razón para dejarlo para después, que tengo cosas que hacer, que estoy cansada, pero en realidad solo tengo miedo de lo que pueda decirme, o peor, de que no tenga nada que decir.

Guardo el teléfono, dejo la ropa que llevaba en las manos y salgo de la tienda. No pienso demasiado en lo que estoy haciendo porque sé que si lo hago, voy a arrepentirme.

Llego al centro psiquiátrico poco antes del mediodía, el cielo está gris y el viento frío hace que me suba el cuello del abrigo mientras camino hacia la entrada. Entrego mi identificación en la recepción y firmo la hoja de visitas. La enfermera apenas me dirige una mirada antes de indicarme que la siga, avanzamos por un pasillo, las puertas se van cerrando detrás de nosotras y cada cerrojo me recuerda lo lejos que está Martha de la vida que alguna vez tuvo.

Cuando por fin llegamos, la encuentro sentada junto a una ventana, mirando hacia el jardín interior. Su cabello está más reseco que la última vez.

Entro despacio, pero no se mueve.

—Martha... —murmuro mientras me acerco—, hola.

No responde, ni siquiera gira la cabeza. Me siento frente a ella y durante unos segundos no sé qué decir, miro sus manos apoyadas sobre las piernas y sus uñas cortas, entonces pienso en el conjunto de la tienda y me cuesta creer que la mujer que imaginé usando aquella ropa sea la misma que tengo delante ahora. 

—Hoy vi algo que me recordó a ti. Era un conjunto que probablemente habrías comprado sin importar lo que yo dijera.

Por un instante creo ver algo distinto en su expresión, algo parecido a un recuerdo, pero desaparece demasiado rápido.

—Vine porque quería saber cómo estabas y porque he estado pensando mucho —respiro hondo, tratando de ordenar lo que quiero decir—, quiero que sepas que, cuando estés mejor, voy a hacer todo lo posible para sacarte de aquí.

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