Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Periódico, salón de clases)
Rumor
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—Desde que las clases comenzaron, siempre me quedo dormida —dijo Heidi, apurada, con las trenzas rebotando mientras ajustaba el paso—. O tal vez sea por otra razón...
—No me mires a mí —replicó Pedro, levantando las manos como si se declarara inocente—. No es mi culpa que tu sueño haya pasado de liviano a pesado.
—Por desgracia, es demasiado cómodo dormir contigo.
Segundos después de que esas palabras salieran de su boca, Heidi sintió un leve calor en las mejillas. Entendió, tarde pero segura, que su frase podía sonar a cualquier cosa menos inocente.
Pedro sonrió, aprovechando el instante. —Me halagas, de verdad.
—No te hagas el gracioso —dijo Heidi, frunciendo el ceño y apretando el paso—. Sabes que no quise decir eso.
—¿Decir qué? —preguntó él, fingiendo confusión. Ella se detuvo en seco para mirarlo, pero Pedro solo inclinó la cabeza con aire travieso—. Tu cabeza es la que encuentra esas ideas perversas, no la mía.
—¡Eres un...! —no terminó la frase porque ya estaba corriendo detrás de él.
—¡Así llegaremos más rápido! —rió Pedro, sin dejar de mirarla por encima del hombro.
El camino hasta la escuela se llenó de sus voces y el eco de las botas golpeando la nieve. Aquella semana de clases parecía no tener fin, pero no había escapatoria: asistir era obligatorio.
Con las mejillas encendidas por el esfuerzo y el frío, Heidi llegó finalmente a la puerta del salón. Ni siquiera se despidió de Pedro; lo dejó marchar hacia el estanque de agua helada, donde él solía refrescarse como si aquello fuera algo normal. Mejor que se quedara lejos por unos minutos... porque estaba a punto de estamparle un cuaderno en la cabeza.
Entró al aula, buscó su pupitre y se dejó caer en el asiento junto a una de sus compañeras de trato cordial.
—Sophie, buen día.
—Hola, Heidi. ¿Cómo estás? —preguntó la muchacha, sacando sus materiales.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse. Pedro entró quitándose el gorro y el abrigo, y le regaló una sonrisa juguetona a Heidi antes de irse a sentar junto a otro compañero.
—Estoy... bien —respondió Heidi a Sophie, intentando que su voz sonara neutral—. ¿Y tú?
—Muy bien. Parece que hoy no te sentarás junto a tu novio —dijo Sophie con total naturalidad, mientras sacaba su pizarra y su tiza.