6- La cena

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Llegué a la oficina con la sensación de que hoy sería un día normal, hasta que Adam apareció detrás de mí con esa sonrisa medida que nunca presagiaba nada bueno.

—Mara, hay una cena esta noche con los Ishikawa —dijo con total naturalidad—. Familia japonesa, dueños de una petrolera, viejos amigos míos.

—¿Hoy? —pregunté, parpadeando como idiota—. ¿Sin aviso previo?

—Sí, hoy. —Encogió de hombros, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Quiero que me acompañes.

Mi corazón dio un vuelco. ¿Hoy? Sin tiempo para pensar, sin planear... y la palabra "cena elegante" flotando en mi cabeza como un recordatorio de que tendría que improvisar algo decente. Lo odié. Lo odié con todas mis fuerzas mientras corría a buscar algo que no me hiciera ver ridícula. El maldito me hizo volver a mi casa y de vuelta a la oficina solo por un puto vestido.

Revisé mi armario. Nada era suficientemente bueno. Ni siquiera la blusa nueva que había comprado hace un mes. Todo parecía vulgar frente a lo que sabía que Adam consideraba apropiado. Finalmente me decidí por un vestido negro sencillo, elegante pero discreto. Solo esperaba que fuera suficiente.

Cuando nos subimos al auto, Adam manejaba con esa calma que siempre me enfurecía. No una palabra sobre la cena, no un gesto de ayuda. Solo él, impecable, y yo, casi sudando, repasando mentalmente cada detalle de mi vestido, mi peinado, mis zapatos.

Llegamos frente a la mansión Ishikawa y el corazón me dio un vuelco. Era enorme, impecable, intimidante. Los autos brillaban como si fueran joyas y la entrada estaba iluminada como un escenario. Me sentí fuera de lugar de inmediato, pequeña, insignificante.

Adam notó mi incomodidad. Su mirada se posó en mí, analizando cada gesto, cada reacción.

—No te preocupes por el vestido —dijo finalmente, con esa voz baja, tranquila, casi burlona—.

—¿Por qué? —pregunté, insegura—. No es suficiente...

Se inclinó y tomó mi mano con suavidad, pero con un control absoluto. Sentí su calor, el peso de su autoridad, el toque que exigía atención. Deslizó un anillo en mi dedo con la precisión de un maestro, sin perder el contacto visual.

—Porque esta noche —susurró, apenas audible—, eres mi prometida.

El mundo se detuvo un segundo. Mis dedos temblaron, mi pecho se ajustó a la sorpresa. Su presencia, su toque, y esa palabra, "prometida", me hicieron sentir vulnerable, expuesta... y, sorprendentemente, segura.

—¿Qué...? —empecé a preguntar, pero él solo me hizo una leve inclinación con la cabeza, su mirada fija en la mía, desafiándome a cuestionarlo.

Un mar de irritación y confusión me dieron de golpe, no sabía cómo reaccionar, pero sé que estaba furiosa. Salí del auto sin esperarlo, escuchando como suspiraba pesadamente, como si fuera yo la del puto problema.

Mis pasos se aceleraban mientras cruzábamos el jardín iluminado hasta la entrada principal. La mansión brillaba como un diamante y mi temperamento estaba al límite.

—¡No aguanto una mierda! —le solté, incapaz de contenerlo más—. ¿Qué carajos se supone que estás haciendo, Adam? ¿Me vienes a arrastrar así sin avisar y con qué propósito?

Él me miró por un instante, sin inmutarse, como quien observa un insecto inquieto. Su expresión era fría, calculadora, y esa mirada... me hizo sentir pequeña al instante.

—¿Qué quieres que te diga, Mara? —respondió, su voz baja, controlada, sin paciencia alguna—. Esto es solo por esta noche.

—¡Eso no me dice nada! —exclamé, cruzándome de brazos, roja de frustración—. Necesito respuestas.

Adam suspiró, girando ligeramente la cabeza para analizar la mansión y luego a mí. Cada movimiento medido, cada gesto perfectamente calculado.

—Los Ishikawa son viejos amigos míos —dijo finalmente—. Tradicionales, conservadores. Esperan verme estable, sentado, como alguien que "ya ha sentado cabeza". Quieren confianza... y eso incluye tener a mi acompañante esta noche a mi lado.

Parpadeé. Mi mente intentaba procesar. Entonces lo escuché, la parte que más me irritó y, al mismo tiempo, me dejó sin palabras:

—Solo por esta noche. Te lo pido por favor, Mara.

Esas tres palabras fueron letales. Mi orgullo gritaba que dijera que no, que no me iba a dejar manipular. Pero algo en la suavidad del "por favor" y la certeza de que no había coerción explícita me hizo flaquear.

—...Está bien —susurré, derrotada.

Adam no dijo nada más, solo tomó mi mano, el contacto breve pero suficiente para que sintiera su control absoluto. Caminamos juntos hacia la entrada, y aunque mi mente seguía enojada, había una parte de mí que ya comprendía que ceder ante él no era una derrota, era una obligación que mi cuerpo y mi mente sentían antes de admitirlo.

El lugar era... algo que jamás creí presenciar: si bien la casa de los Eisler era lujosa, esto los superaba en gran medida; sabía que los Ishikawa tenían años y años de herencias de lo más prestigiosas, los que quedaban eran descendientes, supuestamente, directos de uno de los antiguos emperadores de Japón: Go- Shirakawa, y desde entonces han querido mantener el linaje, no así el poder, casándose con sólo lo mejor de lo mejor, y esto lo demostraba bastante bien; pasamos por un vestíbulo lleno de hermosas pinturas sobre paisajes y varios retratos que supongo habrán sido los más antiguos de la familia, para luego llegar a un salón en el cual debías bajar tres escalones para ir al centro, donde un hombre bastante anciano saludaba a los demás con aire amable; increíbles cortinas de satén colgaban por los ventanales con vistas a un hermoso patio con una fuente increíblemente enorme de un dragón y un conejo, que eran los animales que iban en el emblema que se veía por todas partes; el piso era de un azulejo tan fino que me daba miedo pisarlo, parecía que lo rompería con cada paso; y justo encima de todos estaba la araña de luz más prestigiosa que había visto jamás; yo parecía ser la única sorprendida, los demás estaban todos ensimismados en pequeñas conversaciones, bebiendo o comiendo de los meseros que caminaban entre ellos, con una banda de violinistas tocando justo frente a los ventanales.

—Esto no va a funcionar —susurré, deteniéndome de repente, dejando escapar la verdad que no podía callar—. No puedo... no sé si estoy lista para esto.

Él me miró de reojo, con esa intensidad que parecía atravesarte, y antes de que pudiera replicar, me rodeó la cintura con una sola mano. Sólida, firme, imposible de ignorar. La otra quedó libre, pero su presencia llenaba todo el espacio a mi alrededor.

—Confía en mí —susurró, acercando su rostro al mío, su aliento cálido rozando mi oído—. Eres preciosa. Solo vamos a saludar, tomar unas copas y nos iremos. Nada más.

Mi respiración se detuvo un segundo, atrapada entre la sorpresa y el magnetismo de su cercanía. Su voz era baja, profunda, dominante... y, sin embargo, cargada de suavidad, como si al mismo tiempo que me dominaba, me protegiera.

Mi mente trataba de rebelarse, de racionalizar, pero mi cuerpo ya flotaba entre las nubes, ligera, entregada a ese contacto que no necesitaba más que una caricia y una palabra para hacerme olvidar todo lo demás.

—¿Y si me equivoco? —logré susurrar, apenas audible, con un hilo de voz.

—No lo harás —respondió él, firme, con un toque de sonrisa que nunca alcanzó sus ojos—. Solo confía. Confía en mí.

Sentí cómo su mano se apretaba levemente en mi cintura, guiándome con seguridad. Todo a su alrededor parecía desaparecer: la mansión, los Ishikawa, mi propio miedo... todo quedaba reducido a él y a esa promesa silenciosa de control absoluto con un toque de cuidado.

Y así, mientras avanzábamos hacia la puerta, sentí por primera vez cómo era flotar entre la seguridad y la sumisión, entre la dominación y la suavidad, entre el deseo y la confianza. Adam Henderson estaba al mando, y yo... yo no podía ni quería escapar.

Broken Sin / 18+Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora