No sabía qué esperaba exactamente de mi primer juicio al lado de Adam Henderson. Quizá algo solemne, con frases de película y abogados que parecían héroes. No este circo mediático.
Los flashes me cegaban en la escalinata del Palacio de Justicia. Voces, micrófonos, periodistas hambrientos de morbo. Todos gritaban el mismo nombre: Galaverna. Claro. La esposa perfecta, ícono de la alta sociedad, traicionando al respetado doctor Eisler con un tipo más joven. Los diarios no hablaban de otra cosa.
Yo apenas podía respirar con la carpeta de expedientes contra el pecho. Adam caminaba delante de mí, impecable en su traje negro, como si la multitud no existiera. Ni una sola mueca, ni un gesto de fastidio. Era hielo caminando.
—Baja la cabeza, Alves —me soltó de reojo, sin siquiera girar. Su voz era baja, cortante—. Y no te detengas.
Obedecí como si la palabra me hubiera atravesado la piel.
Dentro de la sala, el aire estaba cargado de tensión. El doctor Eisler, nuestro cliente, parecía derrotado antes de empezar: un hombre de mirada cansada, con las manos temblorosas sobre la mesa. Del otro lado, la señora Galaverna irradiaba arrogancia, maquillada como si fuera a una gala y no a pelear por la custodia de sus hijos. El abogado de ella sonreía como quien ya se sabía ganador.
Me senté detrás de Adam, tratando de parecer profesional a mis diecinueve años. Había repetido mentalmente que era solo trabajo, tomar notas, aprender. Pero cuando el juez abrió la sesión, entendí que nada de lo que había imaginado se acercaba a lo que estaba a punto de presenciar.
El abogado contrario comenzó pintando un cuadro perfecto: una madre devota, una esposa "víctima" de un matrimonio frío, que había buscado amor en otra parte. Mencionó los gemelos, cómo necesitaban la dulzura de ella, no el rigor de un médico absorbido por su profesión. Cada palabra parecía un golpe contra el doctor Eisler, que se hundía más en su silla.
Yo pensé: Lo vamos a perder.
Hasta que Adam se levantó.
No alzó la voz. No golpeó la mesa. Simplemente se erguió y la sala entera pareció enderezarse con él. Su calma era tan brutal que dolía.
—Señoría —empezó, caminando despacio hacia el centro—. Hoy se quiere vender la imagen de una madre entregada. Pero la evidencia muestra otra cosa: abandono, infidelidad, negligencia.
Lo dijo con tal seguridad que sonó como una sentencia.
Llamó a un testigo, una niñera que había trabajado con la familia. La mujer entró nerviosa, pero Adam la fue envolviendo con preguntas tan suaves al inicio que hasta yo me relajé. Entonces, de repente, cambió el tono, la arrinconó con fechas, horarios, contradicciones. La mujer tartamudeó, se contradecía. La supuesta madre ejemplar había pasado más noches fuera de casa que dentro.
—¿Nos confirma, bajo juramento, que los gemelos quedaron en manos de personal doméstico mientras la señora Galaverna viajaba con su amante? —preguntó Adam, con esa sonrisa seca que no alcanzaba los ojos.
La sala estalló en murmullos. El juez golpeó con el mazo. Yo tenía el corazón en la garganta. No era solo que Adam había atrapado a la testigo. Era la forma en que lo hacía: quirúrgico, cruel, como un depredador jugando con su presa antes de devorarla.
En ese instante entendí por qué lo llamaban "el tiburón en traje".
Me di cuenta de que lo estaba mirando demasiado. De que el escalofrío que me recorría no era miedo, sino algo distinto, algo que me daba vergüenza admitir incluso para mí misma.
Cuando el juez golpeó con el mazo y la sesión terminó, me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Los murmullos estallaban en la sala como abejas furiosas, todos hablando de lo que acababan de ver: Adam Henderson destrozando a la señora Galaverna sin alzar la voz.
Yo estaba temblando detrás de él, como si hubiera sido yo la arrinconada en el estrado. El doctor Eisler me dio las gracias con los ojos húmedos, pero Adam apenas inclinó la cabeza y guardó sus papeles. Para él, aquello no era victoria ni derrota: era rutina.
La salida fue un caos. Prensa, flashes, micrófonos que se nos metían en la cara. Yo caminaba pegada a su espalda, como si la tela de su traje pudiera protegerme de la multitud. Él no se inmutaba. Caminaba como si tuviera un campo de fuerza a su alrededor.
En el auto, al fin, cayó un silencio espeso. El motor ronroneaba y yo trataba de acomodar la carpeta en mi regazo, aunque lo único que quería era hundirme en el asiento y desaparecer.
—¿Asustada? —preguntó de pronto, con la vista fija en el camino.
Me tomó un segundo entender que me hablaba.
—¿Perdón?
—En la sala. Te vi cómo me mirabas. Como si fueras a salir corriendo.
Me atraganté con mi propia saliva.
—No estaba... no estaba asustada. —Lo dije tan rápido que sonó más a mentira que a defensa.
Él sonrió apenas, sin apartar la vista de la calle. Una sonrisa seca, que no suavizaba nada, solo lo hacía parecer más peligroso.
—Entonces estabas impresionada.
Me revolví en el asiento.
—O aburrida. Hay que tomar notas de algo, ¿no?
Adam soltó una risa baja, grave, que me recorrió la piel como electricidad.
—Bien jugado, Alves. Pero no me vendas que estabas aburrida. No contigo mordiéndote el labio cada vez que destrocé a un testigo.
Sentí que la sangre me abandonaba la cara. Me llevé la mano a los labios de inmediato, odiando haberle dado munición. ¿Había notado eso? ¿Me había estado observando mientras desollaba a la gente en la corte?
—Yo... no... —No encontré nada que decir, y odié sentirme tan torpe.
El auto siguió avanzando, y por un momento pensé que me daría un respiro. Pero no.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre la gente común y la que gana? —preguntó de pronto, con ese tono que parecía una lección disfrazada de amenaza.
—Ilumíneme. —No pude evitarlo, me salió sola la ironía.
—Los que ganan descubren que, bajo presión, no se rompen. Se doblan... y después se vuelven más fuertes. —Me miró de reojo, apenas un segundo, suficiente para que me clavara en el asiento—. Otros simplemente se quiebran.
Me estremecí. No sabía si hablaba de juicios, de la vida... o de mí. Y lo peor era que una parte de mí entendía demasiado bien lo que insinuaba, aunque no quería ponerle nombre.
El resto del trayecto se me hizo eterno. Mi corazón estaba acelerado, y no tenía nada que ver con el tráfico de Asunción a esta hora. Era él. Su voz. Su forma de mirarme como si estuviera calculando cuánto me tomaría rendirme.
Cuando se detuvo frente a mi casa, guardé los papeles con manos torpes. Estaba a punto de agradecerle el aventón cuando él habló primero.
—Descansa, Alves. Mañana seguimos. —Pausó, como si eligiera cada palabra—. Quiero ver cuánto aguantas.
Sentí que las piernas se me volvían de gelatina. Me bajé sin mirarlo, cerré la puerta y caminé hacia la entrada con la espalda erguida, aunque por dentro me sentía temblar.
No volteé, pero lo sentí observándome desde el auto.
Esa noche me repetí cien veces que no debía babear por mi jefe. Que Adam Henderson era un hombre divorciándose, con un historial de rumores y una reputación manchada. Que yo era virgen, demasiado joven, demasiado inexperta para siquiera pensar en lo que sus palabras insinuaban.
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Broken Sin / 18+
RomanceCuando Mara Alves no logró ingresar a la universidad de sus sueños, se ve obligada a buscar empleo, y el golpe de suerte le llega al recibir el e-mail de "Miller & Associates", la prestigiosa firma de abogados más grande del mundo. Y allí sin saber...
