El olor a madera pulida y café barato llenaba la sala de juntas. Los rayos del sol se colaban por los ventanales, pero no iluminaban nada más que la tensión palpable en el aire.
Laura Welsh estaba sentada al otro lado de la mesa, perfecta como siempre, maquillaje intacto, sonrisa calculada. La reconocí de revistas, pasarelas, anuncios: modelo, cara bonita, engreída y acostumbrada a salirse con la suya.
Adam finalmente accedió a terminar con esto una vez por todas, al parecer, el caso Eisler le dio la confianza que no necesitaba para hacerlo, y me hizo reunir a Laura y a su abogado en el edificio unas semanas después.
Yo estaba sentada al final de la mesa, detrás de él, tomando notas, tratando de no perderme ni un detalle.
—Mi tiempo es valioso, Laura —dijo Adam, firme, sin levantar la voz—. ¿Vamos a resolver esto o vamos a seguir perdiéndolo en tonterías?
Ella soltó un risita sarcástica, como si lo encontrara adorable.
—Ay, Adam, siempre tan... predecible. Pensé que al menos tu actitud podría suavizar un poco esto.
Adam no se movió. No pestañeó. La miró como quien observa un insecto que cree que va a escapar.
—Predecible, quizá. Eficiente, definitivamente. Y mi actitud, Laura, solo será suave si tú aprendes a comportarte.
Yo tragué saliva. Ese tono era frío, cortante, letal. Cada palabra medida para derribarla, sin perder un ápice de profesionalismo.
Laura frunció el ceño y levantó la voz.
—¿Quién te crees que eres para hablarme así? Yo... yo... —Se detuvo, como si no supiera qué decir.
—Alguien que conoce tus mentiras —Adam interrumpió, señalando con la mano los papeles frente a él—. Y tu traición. Lo siento, pero esto no es un debate sobre tus sentimientos. Esto es un divorcio, y yo represento a un hombre que fue engañado.
Mi corazón latía rápido, pero no por nervios. Era fascinante verlo en su elemento. Cada gesto, cada palabra, era parte de un mecanismo perfecto. Laura intentaba provocarlo, pero Adam no mordía el anzuelo; la atrapaba en sus propias contradicciones y la hacía verse ridícula sin levantar la voz, sin perder la compostura.
—¿De verdad crees que alguien te dará dinero luego de encontrarte con el instructor de pilates en su maldita cama, es digno de compasión? —preguntó, y la sala quedó en silencio.
Ella lo miró con rabia, casi incapaz de hablar. Se notaba que estaba acostumbrada a salirse con la suya, pero no con él.
Yo no podía apartar la vista. Todo lo que había leído sobre abogados brillantes no le hacía justicia. Era como si cada fibra de su ser estuviera hecha para esto: analizar, anticipar, reaccionar y dominar. No había rastro de dudas, ni de miedo, ni de cansancio. Solo Adam, impecable, impecablemente letal. Ya lo sabía desde el caso Eisler, pero esto... esto me mojaba.
—¿Quieres que sea más claro? —continuó, y yo sentí cómo la tensión en el aire se volvía casi eléctrica—. Has traicionado, has mentido, y todavía esperas que tu arrogancia te defienda. No lo hará.
Laura soltó un bufido y lanzó un insulto, más por desesperación que por valentía.
Adam inclinó la cabeza levemente, sonrisa mínima, helada.
—Si quieres jugar así, Laura, puedo mostrarte la diferencia entre jugar y ganar. Y créeme... sabes quién ganará.
No hubo necesidad de levantar la voz. Cada palabra estaba calibrada, cada pausa milimétrica. La hizo retroceder sin tocarla, la dejó sin argumentos, humillada con la elegancia de alguien que nunca pierde.
Yo respiré hondo, tratando de procesarlo. No solo era impresionante, era aterrador. Y, admito, una parte de mí sentía algo más: respeto, admiración, y un extraño calor que no quería nombrar.
Cuando Laura desapareció por la puerta, dejando la sala silenciosa, Adam recogió sus papeles con calma. Yo lo observaba, intentando no parecer demasiado impresionada, aunque mi corazón todavía latía con fuerza.
—Alves —dijo de repente, sin mirarme todavía—. Toma nota de esto: todo tiene un orden. Y quien no lo respeta... paga las consecuencias.
Asentí, un poco rígida. Sentí la presión de su mirada incluso antes de que se girara hacia mí. Sus ojos me evaluaban, midiendo cada reacción, cada microexpresión. Era un análisis silencioso, implacable.
—¿Algo más, señor? —pregunté, tratando de mantener la voz firme.
Él sonrió apenas, un gesto casi imperceptible, que era todo menos amable.
—Sí. Que recuerdes tu lugar. —La forma en que dijo "tu lugar" me hizo un nudo en el estómago, un escalofrío que subió por mi columna.
No era un reproche, no era un comentario cualquiera. Era un aviso. Un recordatorio de quién dictaba las reglas en esa habitación, y que yo, sin importar cuánto tratara de disimularlo, había reaccionado instintivamente.
Tragué saliva y bajé la mirada, sintiendo que mis manos se aferraban al bolígrafo sin querer. Una parte de mí quería mirar hacia arriba, desafiarlo... pero otra parte, la que me sorprendió a mí misma, quería cumplir, obedecer, hacer exactamente lo que él esperaba.
—Bien —dijo, inclinándose ligeramente hacia la mesa, ajustando un par de papeles—. Eso será todo, Alves.
Mientras me levantaba para salir, noté cómo su presencia me seguía incluso sin que me hablara. Era un peso que no podía ignorar, frío y preciso, y que me hacía consciente de mi propio deseo de complacer, de responder, de entregarme.
No solo era su dominio en los juicios lo que lo definía. Era su mundo, su elemento... y yo acababa de ser testigo, privilegiada y aterrada al mismo tiempo.
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Broken Sin / 18+
RomanceCuando Mara Alves no logró ingresar a la universidad de sus sueños, se ve obligada a buscar empleo, y el golpe de suerte le llega al recibir el e-mail de "Miller & Associates", la prestigiosa firma de abogados más grande del mundo. Y allí sin saber...
