El balcón del piso doce tenía la vista perfecta de toda la avenida, pero casi nadie venía por la vista. Venían por el humo.
Me apoyé en la baranda de hierro y encendí un cigarro, notando de reojo que Oliver estaba raro. Demasiado callado. Él siempre tenía un chisme fresco, siempre sabía quién se estaba acostando con quién en la firma, pero hoy solo fumaba en silencio, con la mirada clavada en algún punto lejano.
—Estás insoportable cuando no hablas —solté, exhalando el humo con calma.
—Gracias, lo tendré en cuenta para mi epitafio. —Contestó, pero sin chispa.
Le di un codazo.
—¿Qué pasó?
Oliver tragó humo y lo soltó por la nariz. Sus labios se apretaron, como si debatiera consigo mismo. Finalmente murmuró:
—Mi dom se pasó de la raya.
Levanté una ceja.
—¿Cómo que se pasó?
—No respetó mi palabra de seguridad. —Lo dijo tan bajo que tuve que inclinarme para escucharlo.
Lo miré fijo. Era algo serio. Muy serio.
—Eso no es juego, Oliver. Eso es abuso.
Él rió, pero con un sonido vacío.
—Ya lo sé, nena. El problema es que no es cualquiera. Es poderoso. Me compró departamento, auto... me mantiene. Si lo dejo o lo denuncio, pierdo todo.
Di otra calada, furiosa por dentro.
—Y si lo permites, te pierdes a ti mismo.
Me devolvió la mirada, sorprendido por la dureza de mis palabras. Yo no era quien para dar sermones, pero había cosas que no necesitaban experiencia para entenderse.
—Lo peor es que me gusta. —Continuó, frustrado—. Me gusta entregarme, me gusta que me controlen. Soy sumiso, Mara. Lo necesito. Y a veces pienso que estoy jodido de la cabeza.
—No estás jodido. —Repliqué rápido—. Lo que está jodido es alguien que no respeta tus límites. La sumisión no es obedecer hasta morir, Oliver. Es confianza. Si él la rompe, se acabó.
Hubo un silencio, interrumpido solo por el sonido de los autos abajo. Oliver arqueó una ceja, como si yo acabara de confesarle un secreto propio.
—Hablas como si supieras demasiado del tema.
—Porque sé. —Le sonreí, medio nerviosa—. También soy sumisa.
Él abrió la boca, teatral.
—¡No me jodas! Tú, la niña de diecinueve que todavía se sonroja cuando Adam te mira.
—Cállate. —Le tiré ceniza en el brazo y él se rió.
—Virgencita y sumisa. Eso sí es una contradicción deliciosa.
Me reí con él, aunque me incomodaba lo cierto que era. Podía leer, podía investigar, podía entender el mundo del BDSM... pero jamás lo había vivido. No porque no quisiera, sino porque nunca encontré a alguien digno de mi confianza.
—No es contradicción. —Lo corregí—. Es paciencia. No cualquiera merece algo tan grande como que le entregues todo de ti.
Oliver me miró distinto, más serio. Luego suspiró y apagó el cigarro contra la baranda.
—Ojalá pensara como tú.
—Todavía puedes —le dije—. No eres menos por lo que deseas, pero sí mereces alguien que lo cuide, no que lo destruya.
Él sonrió con tristeza, pero me abrazó un segundo, breve, como si no quisiera admitir que lo necesitaba.
—Gracias, Mara. Eres demasiado buena para estar metida en esta firma de tiburones.
Me encogí de hombros, aplastando mi cigarro.
—Bueno, alguien tiene que fumar con los caídos.
Por cosas como esas, no me gustaba hablar de eso; pues sí, no tiene sentido, digo, ¿Una sumisa virgen? ¿Siquiera eso no es absurdo? Por supuesto que lo es, pero es mi estúpida realidad.
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Broken Sin / 18+
RomanceCuando Mara Alves no logró ingresar a la universidad de sus sueños, se ve obligada a buscar empleo, y el golpe de suerte le llega al recibir el e-mail de "Miller & Associates", la prestigiosa firma de abogados más grande del mundo. Y allí sin saber...
