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—¡Tú empezaste! —reclamé inquieta. Ahora me iba a echar la culpa a mí. De acuerdo, fue un movimiento atrevido e inapropiado, debí consultar a Peeta antes de manosearlo, pero... argh sabía que iba a salir mal de cualquier manera. Debí de habérselo dicho a la cara sin remordimiento alguno y dejar de hablarle durante una semana si se molestaba conmigo.

—Vamos por partes —pidió—. En primer lugar, creí que estábamos de acuerdo en que no haría esa prueba. ¿Es por eso que hemos estado leyendo todos esos libros?

Asentí, sintiéndome un poco culpable. Ir en contra de su voluntad no había sido la mejor de mis ideas, pero quería asegurarme de que él estaría bien de cualquier forma posible. Sólo quería sacarlo del miserable futuro que nos deparaba en el Distrito, fuera por bosque o por el Capitolio; todos los caminos..., ¡ja! Llevaban a Roma. Irónico, pero al final, cierto, ¿No era nuestro país una copia moderna de su Imperio?

—Es sólo un plan de respaldo, por cualquier cosa.

Peeta suspiró. Estaba intentando contener su disgusto y entenderme. Como siempre, ponía a los demás —ejem, a mí— por encima de sus sentimientos. Él estaba enfocado en encontrar un punto de convergencia, no en pelear. A veces tenía que recordármelo, por muy tonto que sonara, que Peeta no era Gale. Ya lo sabía, lo tenía muy claro en mi cabeza, pero al fin y al cabo Gale había sido el único hombre con el que había establecido una relación cercana durante toda mi vida, él era, en pocas palabras, casi todo lo que conocía y era difícil dejar ir ese esquema grabado en mi mente.

—No estoy seguro de que me agrade que lo hayas hecho a pesar de que quedamos en otra cosa —me dejó saber.

—Lo sé. Lo siento. Pero es necesario. Además, eres tan bueno, tan brillante... Mereces un lugar allá.

Acarició mi mejilla y me miró con ternura. Durante un segundo creí que estaríamos bien, hasta que él frunció el ceño.

—¿Así que todo esto fue para que no me molestara? —cuestionó sobre mi repentina actitud fogosa.

Lo mire con algo de remordimiento. Espera, ¿qué? No tenía por qué sentirme así, estaba tratando de salvarle el trasero... aunque no precisamente de mí... Yo... Eh... Yo...

—Bueno, en parte sí, es decir...., esa era la intención al principio. También planeaba demostrarte que no soy tan mojigata como tú crees. —Alcé la nariz con fingida altanería—. Puedo... eh... pellizcar tu culo si me apetece.

De repente la que estaba disgustada era yo. El había tenido su parte en que yo me decantara por demostrarle que no era una ingenua santurrona que no sabía nada de la vida. Si no estuviera tan convencido al respecto, me enfocaría menos en demostrarle que no era como lo pintaba, que yo era inexperta, quizás, pero no tenía un pelo de tonta.

—Claro que puedes pellizcar mi culo si te apetece, ese no es el punto, Katniss.

Su respuesta me dejó en ceros. Vaya... así que no estaba... ehm... Él no... ¿Acababa de darme autorización para tocarlo? No, espera. Él lo dijo como si fuese algo obvio que yo podía poner mis manos allí y apretar si se me antojaba. ¿Era así? Y ese acuerdo, ¿era unilateral? ¿Cuándo definimos esas reglas?

—No. El punto es que tú crees que soy demasiado inocente como para hacerlo, ¡pues ya ves que no! —solté a la defensiva. Al menos podía fingir que también había dado por sentado eso de tener permiso para poner mis palmas en zonas de su cuerpo que no era apropiado tocar, como si se tratara de su hombro—. Y si lograba hacer que te distrajeras un poco para que no resultara tan mal el haber hecho algo a tus espaldas, pues bien.

Se dejó caer contra la pared y se deslizó hasta el suelo en un suspiro. Menos mal que mamá había recibido una llamada de ayuda y tuvo que salir, no podría estar teniendo esta conversación con Peeta de otra manera.

ERES TÚ | THG EVERLARKDonde viven las historias. Descúbrelo ahora