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Nadie se asombró ante el estallido de la señora Mellark. Ella me llamó andrajosa, pobre piojosa, tonta chiquilla hambrienta, entre otras muchas cosas que seguramente yo ya había utilizado para ofender a Buttercup. Le dejé el asunto a los Mellark mientras me fui a cazar. Al fin y al cabo era Peeta quien me había pedido traerlos y era su problema, su equipaje; aun si quisiera ayudar, terminaría siendo peor, así que lo mejor era mantenerme lejos hasta que ellos la controlaran.

Le dije a mamá que tuviera preparados varios tés calmantes antes de venir, por si era necesario introducirle uno a la fuerza a la bruja Mellark.

Todavía a una considerable distancia, podía escuchar sus gritos y alaridos y la maldije. Si por cualquier cosa que tuviera que ver con ella terminábamos en manos de los agentes de la paz, yo misma iba a tomar cartas en el asunto.

A media mañana ya estábamos todos desayunados y listos para continuar. Saqué el mapa de mi bolsa de caza y comencé a guiarlos hacia el claro. Para fortuna de todos, la señora Mellark se había callado y cooperaba a regañadientes.

Las cosas iban más o menos bien... hasta que Peeta encontró un oso y cometió el error de ponerse a correr. Maldita sea, en todos mis años acudiendo al bosque, sólo una vez me había topado con uno de esos, en compañía de mi padre. él me ordenó mantenerme quieta, sin respirar siquiera, hasta que estuviésemos a salvo. Obviamente en este caso, el animal comenzó a perseguir a Peeta, alterado y salvaje. Les había advertido sobre serpientes y demás peligros, pero los osos no estaban en mi mente por lo escasos que habían sido mis encuentros con ellos. Ya era una mala broma que aparecieran en este ocasión. Tuve que empujar a todos y correr, ignorando los tirones que me daban los músculos. Atiné un flechazo en la pierna trasera del oso, lo que lo retrasó y me dio oportunidad de alcanzar a Peeta. Lo alejé todo lo que pude, a pesar de que estaba segura de que el oso nos alcanzaría.

—Cállate y no te atrevas a moverte —indiqué, poniéndome frente a él. Preparé el arco y me quedé estoica.

Oí ramas crujir y gruñidos nasales. Ubiqué al animal cerca de nosotros, a mi derecha y por fin lo vi cuando apareció entre las plantas, frente a mí. Se acercó al acecho y pegó su nariz húmeda a mi brazo, olfateando. De un impulso, imitó nuestra postura y se puso en dos patas, rebasándome en estatura por mucho. Intenté respirar y no temblar, pero sentía el peligro respirándome en la nuca, en donde literalmente se encontraba husmeando el hocico del oso. El aliento hediondo viajaba hasta mi nariz y me provocaba náuseas, me revolvía el estómago todavía más.

Me derribó al suelo. Escuché a Peeta llamarme suavemente, pero moví el dedo para indicarle que no se acercara. Evité mirar a los oscuros ojos silvestres y jadeé cuando este se retiró y se alejó, hasta que me percaté de que era Peeta a quien olisqueaba en mi lugar. Se mantuvo quieto, pero cometió el error de mirarlo a los ojos.

—Peeta —le llamé. él volteó a verme, asustado—. Quiero que en cuanto esté de pie, corras hacia mí con todas tus fuerzas, ¿está claro? Y que no dejes de correr hasta haber llegado con el resto del grupo.

—No voy a dejarte aquí.

—No tienes otra jodida opción. Haz lo que te digo.

Me dio una mirada para evitar moverse más, el animal caminaba en cuatro patas a su alrededor, enseñando los dientes y frunciendo el puente de la nariz, preparándose para atacar al primer movimiento. Entonces estuve de pie, cargué una flecha y le di en el costado al oso. Peeta pasó volando junto a mí, con el animal rozándole los talones. Lancé otra flecha, acertando en el lomo, pero el oso seguía correteando a Peeta. Entonces grité a todo pulmón para atraer la atención. Bastó con un segundo en el que nuestros ojos hicieran contacto para que el animal se parara y se diera un pequeño momento para ubicarme. Deje que se me acercara bajo el intenso llamado de Peeta al: «¿Qué diablos crees que haces, Katniss?»

ERES TÚ | THG EVERLARKDonde viven las historias. Descúbrelo ahora