Veintinueve

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Kara está sentada en su cama con la espalda apoyada contra la pared y Lena tiene la cabeza recostada sobre sus piernas. Escucha atentamente las palabras de su novia, al menos lo intenta, el proyecto: Audiolibro por Kara Danvers ha tenido éxito, en realidad no había forma de que no lo tuviera, porque Lena ama escuchar a Kara hablar, observarla y en general disfrutar de su compañía. Aunque si se tratase de basar la tasa de éxito en respecto a cuánta comprensión ha tenido la pelinegra del libro entonces tal vez no ha triunfado tanto, porque sí, Lena disfruta de su compañía, quizás demasiado. A menudo olvidando prestarle atención a la historia y concentrándose en plasmar los rasgos de Kara en su memoria (como si no los tuviera ya).

La rubia pasa la mano por el cabello negro de Lena en una caricia conciliadora, sonriéndole levemente. Es consciente de cuánto se distrae su novia cuando le está leyendo, pero no alcanza a molestarle. Retoma la lectura, pasando ocasionalmente la mano entre los mechones de Lena.

—¿Danvers cómo haces para, no lo sé, no romper cada cosa que tocas? —inquiere Sam, abriendo con excesivo cuidado la puerta de la habitación y soltando un quejido exagerado al verlas siendo tan cariñosas. —¿Ustedes dos no se apartan nunca?

—Te acostumbras a la fragilidad del mundo —responde Kara, sonriéndole.

—Y sí nos separamos, prácticamente todas las clases y algunas tardes, no puedes quejarte —alega Lena. —Además, ¿quién me convenció para pedirle una cita a esta adorable chica? —cuestiona.

—Yo —dice Sam, tumbándose en su cama. —En mi defensa ponías cara de cachorrito cuando mirabas a Danvers, era insoportable, mi única alternativa fue esa.

—Ay, vamos, nos amas —rebate Kara, le pone el señalador al libro, cerrándolo. Va a quejarse de tener hambre cuando llaman a la puerta. Sam se levanta a abrir y se sorprende al hacerlo.

—¡Nia! Qué sorpresa, pasa, pasa, bueno cuatro son multitud en nuestra habitación, pero cabemos bien —dice animadamente la castaña mayor. —¡Mira Kara, es Nia! —señala, sonriente.

—¡Hola, Nia! —saluda Kara aún desde su cama, pues Lena no se ha movido un centímetro—¿Cómo va todo?

—Sí, ¿hay alguien molestándote? Porque puedo patearles el trasero —señala Sam poniendo su mejor expresión intimidante.

—Sam —advierte Lena. —No puedes, me tomó toda mi influencia convencer a la directora de no poner una nota en tu expediente —explica. —Yo les patearé el trasero —dice, Nia se ríe.

—Vamos a no patearle el trasero a nadie —señala Kara. —Pero, no están molestándote, ¿cierto? —corrobora.

—No, para nada, bueno, a veces, pero nada fuera de lo usual, en realidad no importa, dejen de mirarme así, es como si tuviera tres hermanas mayores más —dice, sonrojándose. —Sólo venía a visitar.

Sam le toma la mano y la arrastra a su silla de escritorio, invitándola a sentarse. Luego retoma su lugar en la cama. Odia que eso siga pasándole a Nia, nadie merece, en ninguna circunstancia, ser molestada por existir. Dios, suspira, relajando la expresión.

—Sabes dónde buscarme si algo malo pasa —dice Sam.

—Se preocupan demasiado —alega Nia con una sonrisa tímida. —Pero estoy bien, sé defenderme cuando no me rodea un grupo de cinco chicas —indica, haciendo referencia al último incidente. Se siente como si un siglo hubiese pasado desde ese momento. Sam apenas era un cuarto de alien, tal vez menos.

—Te creemos, entonces, ¿cómo va lo demás? —inquiere Lena.

—En realidad no vine sólo a charlar —admite. —Sé que ustedes dos son aliens —señala hacia Kara y Sam, quienes ponen cara de pánico y Lena se irgue enseguida dispuesta a, bueno, cualquier cosa. —¡No! Yo... no pasa nada, no vine a amenazarlas, pero yo también soy un alien —confiesa y todos los rostros que la observan cambian su expresión por de una sorpresa máxima.

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