5 de noviembre
Última matanza
Tercera persona. Muerte
La Muerte entró en aquel edificio pavoneándose sabiendo que nadie la vería, solo caminó dejando que sus tacones avisaran a todo el mundo de que ella estaba allí y que esa noche habría otra muerte merecida.
Pronto tendría que irse de ese pequeño pueblo o de este gran mundo ya que esta sería su última víctima. La culpa, los recuerdos y el dolor la carcomian y habí eleg la muerte como la mejor opción. Los culpables se habían acabado, ya no quedaban más violadores ni pederastas ni nadie que de verdad mereciera la muerte.
A pesar de que dio un aviso nadie salió, ella sabía que nadie lo haría, era un edificio con poca protección y que el encargado de estar en el mostrador estaría en un cuerto de limpieza haciéndose una paja o durmiendo una siesta.
Vestía un vestido blanco con us famosos tacones rojos, en su mano la daga que portaba en todas sus matanzas, incluida la de su amado padre.
Subió al elevador sabiendo que este no tenía cámaras. Con su dedo oprimió el número del piso al que iba y el elvador cerro sus puertas y comenzó a subir haciendo ruidos extraños mientras la luz del techo titilaba.
El elevador se detuvo y la Muerte salió. Era un edificio de diez pisos, antiguo, descuidado.
A través de las paredes se podía escuchar lo que pasaba dentro de cada habitación. La Muerte caminó por el pasillo hasta la puerta de su víctima.
Tomó el pomo y lo giró, la Muerte entró en el departamento. Ese lugar era diferente al resto del edificio, estaba limpio y bien cuidado.
La Muerte no se molestó en cerrar la puerta. En su boca una melodía que dejaba danzar en el aire con cada tarareo.
Entró en la sala de aquel departamento y se encontró de frente con su víctima, quien se veía relajado, debía de estarlo.
El hombre la miró sentado desde el sofá con una cerveza en su mano y con el otro de sus brazos estirado a lo largo del respaldo del sofá.
La víctima sonrío y la Muerte le devolvió esa sonrisa, pero esta sonrisa era más que macabra, era la sonrisa de la mismísima Muerte.
—Y el tercer hermano recibió a la Muerte como a una vieja amiga —dijo el hombre para luego darle un sorbo a su bebida.
Era una referencia de Harry Potter, pero había más diferencias que similaridades en ese dicho.
—El tercer hermano era inteligente no un idiota —devolvió la Muerte.
El hombre sonrió aceptando su derrota ante la pelea de palabras y decidió cambiar de tema.
—Te estuve esperando —dijo el hombre.
Jordan, acusado de acoso, agresión sexual en reiteradas ocasiones, pedofilia, culpable por más de cinco suicidios de diferentes chicas a las que abusó y acosó.
—Sé muy bien que me estuviste esperando, Jordan —dijo la Muerte con ironía—. Espero que te hayas puesto a cuentas con tu dios, quizás así obtienes un poco de misericordia, porque yo, no la tendré, no contigo.
Los ojos de Jordan dejaron de denotar burla y cambiaron a unos de total terror.
—¿Por qué pones esa cara? —preguntó la Muerte con burla al notar que había llegado su mayor atracción de la noche—. ¿No te parece divertido que una de tus víctimas te torture? —preguntó la Muerte con diversión.
Jordan miró a la mujer que se paró junto a la Muerte, la misma mujer que alguna vez violentó y dañó.
La Muerte caminó con elegancia y una sonrisa radiante hasta quedar parada detrás de aquella chica que había sido víctima de aquel hombre.
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Ángeles y Demonios
RomanceClaramente el dicho "No juzgues un libro por su portada" solo aplica a libros y no personas. Lo entendí el día que los conocí, tan bonito y agradable, por fuera, tan oscuro y misterioso por dentro. Definitivamente una cara de ángel puede ocultar a u...
