Dolor
Eso fue lo primero que el joven pelinegro sintió en cuanto abrió los ojos, encontrándose en una habitación en penumbra, rectangular y misteriosamente familiar.
Podía sentir un dolor agudo en el pecho, a centímetros de donde su corazón se encontraba. Al llevarse una mano a su caja torácica, Ethan notó algo duro y alargado clavado en el sitio. Se trataba de un arma afilada, tal vez una lanza.
—¿Qué...? —murmuró el ángel, con la respiración entrecortada, mirando con desesperación a la oscura estancia donde se encontraba.
El pelinegro fijó entonces su mirada en la destrucción que parecía haber sufrido el lugar, y un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo al reconocer el sitio.
No podía ser.
Se había esforzado tanto para nada. Había acabado en el lugar al que había evitado por todos los medios llegar.
Al llevarse de nuevo una mano al torso, descubrió que el arma estaba clavada profundamente, y, a menos que un médico se la sacase, se desangraría si la extraía.
De repente, el ángel pudo notar la presencia de alguien entrando en la habitación, alguien que el joven pelinegro desearía no ver ni oír jamás.
—Ethan —susurró la voz de Häel, acercándose hacia donde se encontraba el joven pelinegro, quien no pudo hacer otra cosa que observarlo, hasta que se encontró a meros centímetros de este.
—¿Qué...q-quieres?... —gruñó el mencionado, respirando con dificultad, mirando al hombre alado con furia y odio.
Häel tan solo lo observó detenidamente mientras soltaba una sonrisa glacial, completamente inmune al dolor del pelinegro.
—Ya sabes lo que quiero, Ethan —el demonio, con los ojos del color del fuego, replicó, negando con la cabeza mientras el ángel trataba, todo lo despacio que podía, de sacarse el arma del pecho—. No sobrevivirás si te extraes la lanza. Te desangrarás.
—Y ya sabes mi respuesta. Te lo dije bien claro años atrás. Mi opinión sigue siendo la misma.
Se podían oír los gritos del ángel al intentar extraer el arma del tórax. Sin embargo, esta seguía incrustada y los esfuerzos del pelinegro tan solo empeoraba la herida.
—Ethan, Ethan —susurró Häel con voz juguetona, mientras el demonio daba leves golpecitos al suelo con un bastón grande de madera—. Puedo ayudarte. Puedo sacarte la lanza y sanarte la herida. Tu poder se debilita, lo puedo sentir, al igual que el de tu ángel caído.
Al terminar de hablar, Ethan levantó la mirada hacia Häel, con cansancio y confusión en el rostro.
—¿Q-Qué..q-quieres decir? —demandó con dificultad el pelinegro, escudriñando al hombre alado con la mirada, temiendo lo que significaban esas palabras—. No quiero...t-tu..ayuda.
—No te preocupes —habló suavemente Häel, con sorna—. Pronto te podrás reunir con él. Si te dejas el arma, morirás. Si te la sacas, también morirás. Lástima que no aceptes mi oferta, incluso después de tanto tiempo. Podría ayudarte, tanto a ti como a tu hermana.
Y con esas palabras, Häel desapareció de la estancia, dejando a Ethan solo con su sufrimiento, sin saber qué hacer.
¿Quería decir eso que su hermana estaba viva?
¿A qué se refería con que "el poder de su ángel caído también se debilitaba"?
Ethan sabía que con cada año que pasaba sin usar su poder, viviendo entre humanos, su poder y fuerzas se debilitaban, y llegaría el momento en el que su cuerpo no podría soportarlo más. Tal vez moriría. Tal vez no.
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LILITH
Fantasy¿Qué dirías si te dijera que todas las leyendas, mitos y cuentos son reales? ¿Que los demonios, arcángeles, ángeles caídos y ángeles son reales? Lilith Anderson es una adolescente de dieciséis años cuya vida es de lo más normal. Tiene una familia:...
