No entramos por la puerta.
No; eso hubiera sido muy temerario, incluso para mí. Entramos por una ventana en lo alto de la torre. No estoy segura de cómo conseguimos escalar sin caernos y entrar dentro, pero lo hicimos. Finalmente habíamos llegado.
Ambrose cerró la ventana con suavidad, haciendo el menor ruido posible, pues, aunque nuestro objetivo era enfrentarnos a Häel, no queríamos alertar de nuestra presencia nada más llegar. Queríamos tener algo de ventaja; visualizar primero las posibles salidas en caso de que tuviéramos que huir. El pelinegro se giró entonces hacia mí.
—No te despegues de mí —advirtió—. Y no ataques hasta que te dé una señal. Vamos a por Häel, solo a por él. No quiero que este lugar se convierta en un matadero.
Asentí con la cabeza, exhalando con nerviosismo. No sabía con certeza a lo que nos enfrentábamos, pero esperaba poder acabar cuanto antes. No era una asesina. Jamás había matado a nadie; Häel sería el primero. Por mi hermano.
—Saca la espada.
Una vez ambos sacamos las armas, nos pusimos uno al lado del otro, mirándonos de reojo. Los dos sabíamos que no estaba preparada del todo; que había muchísimas cosas que aún me quedaban por aprender, pero no había tiempo. Era ahora o nunca.
—¿Estás lista? —Estábamos intentando evitar lo inevitable. Cada minuto que gastábamos aquí parados era un minuto que desaprovechábamos. Debíamos de hacer lo que habíamos venido a hacer. Cuanto antes empezáramos, antes terminaríamos.
—Vamos —dije, dando un paso hacia adelante—. Estamos perdiendo el tiempo.
Ambrose entonces corrió para alcanzarme. Nos encontrábamos en un pasillo, tan estrecho que apenas cabíamos los dos en línea recta. Las paredes estaban hechas de ladrillo, al igual que el suelo; también compartían el mismo color piedra. A mi lado, Ambrose se encontraba con el ceño fruncido. El pelinegro posó una mano sobre el muro de piedra, haciendo una parada en su caminar.
—Por aquí —habló Ambrose tras unos minutos, caminando con el paso más acelerado, obligándome a correr para alcanzarlo—. No te separes de mí, pase lo que pase.
—Ya lo sé —puse los ojos en blanco, siguiéndole.
Pronto llegamos a una puerta de aspecto raído. Tras compartir una mirada conmigo, Ambrose la abrió, sin necesidad de utilizar ninguna de las dagas que llevábamos encima. Apreté la empuñadura de mi espada con inquietud y excitación al mismo tiempo. Estaba preparada. Le iba a demostrar a Häel lo que era la venganza.
Sin embargo, cuando nos adentramos en la sala, esta estaba desierta. No había nadie. Ni parecía que nadie la hubiera habitado en mucho tiempo. Esto no hizo más que aumentar mi intranquilidad.
—¿No está aquí? —pregunté, resoplando. Sabía que no iba a ser una tarea fácil, pero esperaba poder llegar, enfrentarnos a Häel e irnos. Sólo quería que todo esto terminara, poder volver a casa. Aunque ya nada sería igual. No podía. No sin mi hermano. No después de todo lo que había pasado.
—No. —Ambrose parecía muy irritado. Se paseaba por la habitación a grandes zancadas, abriendo cortinas, mirando por detrás de los muebles. Estaba claro que Häel no estaba presente. Nadie podría haberse escondido tan bien, y estaba segura que si Häel entraba en la habitación, sería incapaz de pasar desapercibido. No con sus grandes alas ni con su presencia intimidante.
—Ambrose —hablé—. Aquí no está. Este lugar es grande; busquemos en otras salas. Que no esté aquí es bueno; eso significa que no sabe que hemos venido.
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LILITH
Fantasy¿Qué dirías si te dijera que todas las leyendas, mitos y cuentos son reales? ¿Que los demonios, arcángeles, ángeles caídos y ángeles son reales? Lilith Anderson es una adolescente de dieciséis años cuya vida es de lo más normal. Tiene una familia:...
