"Dulce y Amargo"

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La mañana arribo, Angel dormía plácidamente en mullido colchón de una rustica habitación. A pesar de las múltiples mordidas, los moretones y los chupetones en casi todo su cuerpo, estaba cómodo y satisfecho, entre las sabanas, llevando únicamente una camisa, que ni siquiera era de el. Recordó las caricias, los besos apasionados, aquella lengua curiosa y se estremeció de placer en su sitio. La luz mañanera iluminaba las paredes a través de los grandes ventanales, Alastor, aun con los pies descalzos junto con sus pantalones desarreglados, caminaba de un lado a otro, en medio de la habitación con los dedos en su mentón, muy pensativo y su torso al descubierto. Jamás se imagino que caería tan fácil ante un demonio cualquiera. A nadie lo dejaba tocarle y esta pobre alma movía las manos y lo tenía a su merced. Se sentía impotente, sucio, vulgar pero por lo menos había descubierto el gran secreto de Valentino.

***

-Por ello Valentino era tan fuerte. Creaba una adicción tan fuerte con la sangre de la “María”. Que ciego he sido, si ellos son como una droga andante— saco como conclusión, mirando al albino que le dedicaba un beso tras otro, esmerándose en complacerle. La lógica lo abandonó, se entregó al cuerpo albino, saboreando sus muslos, su pecho, sus piernas y toda la piel disponible.

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Paso una mano por su cabeza, peinando sus cabellos frustradamente. No podía quitarse de su mente el dulce sabor de la sangre, saboreando cada gota que le ofrecía en todo momento. Miro por encima de su hombro al arácnido durmiente, quien se veía encantador y adorable llevando su camisa. Pero no quería despertarlo solo para tomar su prenda, pero tampoco podía salir así, se quedo pensando un poco mas en el tema. Era increíble que el de cuatro brazos, no supiera nada del proxeneta, era como si no tuviera noticias del mundo exterior. Era de imaginar, ya que había vivido como un recluso bajo las garras de ese insecto libidinoso. Pero lo cierto era, que esa polilla, era conocido por ser un desalmado y despiadado, maltratando a cualquiera que se le cruzara en su camino a tal punto de hacerles perder la mente, a través de una manipulación bien planificada y calculada, logrando que desarrollaran una necesidad insana de estar cerca de el. Era un maestro del engaño. Nuevamente, el locutor regresó su vista hacía el joven albino, quien se mantenía placido en su sueño profundo, era de esperar que solo fuera una victima de las feroces artimañitas del demonio morado, pero le era interesante ver como tuvo la fuerza para haber escapado de él. Él era diferente, incluso se negaba quedarse en el mismísimo paraíso. No pudo evitar sentir un retorcijo en su interior, este ser le era muy interesante.
Bien podría llamar ahora mismo a Charlie y contarle que la misión fue un éxito, ya que encontró lo que buscaban. Se llevarían al niño y lo regresarían al cielo y finalmente todo volvería a ser como antes, nada especial o podría esperar y ver que otras cosas podía averiguar por el bien de la “misión”  Movió lentamente sus pies encaminándose hasta su cama, el fino sabor a la sangre en sus labios, volvía a despertar sus instintos mas salvajes, luchando consigo mismo de no hacer algo impropio otra vez. Aún en su mente, podía escuchar los gemidos, sentir el sudor, el vaivén de sus cuerpos. Todo estaba vivido, caliente en su piel. Se estremeció, a punto de saltar sobre el albino. Tal vez, tan solo por esta vez, no hacía falta llamar aun a la princesa. No podía engañar a nadie, quería a Angel solo para él, quería saborear su piel, su pecho, su boca y aquel elixir tan exquisito. Quizá un poco de tiempo extra, no le haría daño a nadie... ¿verdad? Se sentó en el borde de la cama, posando una mano en esa mejilla redonda con un ligero brillo rosa, viendo como esos lindos ojitos se abrían acompañados de una sonrisa cansada.

-Al—susurro adormilado

-Hora de despertar, querido—sonrió mientras abría lana persianas, dejando entrar la sobria luz rojiza del pentagrama.

-Tengo mucho sueño y me duele todo— inflo los mofletes con un puchero divertido —quedémonos aquí, solo por hoy—se posicionó dejando al descubierto sus sensuales hombros. Alastor trago duro ante aquella escena. Recordaba haberlos saboreado mientras lo penetraba con fuerza. Ah, aquel interior cálido, húmedo hizo que el ciervo sintiera una corriente eléctrica atravesarle cuál rayo.

-Eso no será posible. Además necesito que me regreses mi camisa—trato de mantenerse firme, aunque sabia que aquel teatro no duraría.

-Creo que se me ve mejor a mi, sonrisas—sujeto la camisa, aspirando el aroma del pelirrojo que aún se impregnaba en ella. Alastor suspiro. Sabía lo terco w infantil que era el albino, no tenía ganas de pelear por lo que con un gesto de mano, descarto aquella conversación.

-Alastor—dijo en un tono más suave.

-Dime—lo miro directamente, esperando las palabras.

-¿Qué fue lo sé anoche?—había llegado el momento de preguntar, de decir toda la verdad. Pero Alastor no lo sabía, no quería admitir que le encantaba pasar tiempo con el albino y que amaba besar su cuerpo.

-...—no respondió de inmediato, no podía hacerlo.

-Jamás creí en el amor a primera vista ni nada parecido, pero debo admitir, que contigo es diferente. Quizás lo tuyo solo es atracción por lo que soy, pero yo..—dejo la frase inconclusa. No quería exponerse más de lo necesario, pero sentía que debía aclarar las cosas—No te molestaré más. Se que debo incomodarte y que debes seguir con tu vida. Solo te pido que no me entregues, por favor—
-Angel, creo que no lo entiendes—su radio interna empezo a colocar una breve melodía de antaño. Suave, que incitaba a moverse lentamente, gozar cada sonido como si fuera el último.

-¿Qué no entiendo?—sentía como la melodía lo envolvía en un abrazo cálido. La conocía, la amaba y se sentía bendecido.  En ese momento una sombra pequeña con la figura de un diablillo, apareció, consternando a ambos hombres.

-Mis disculpas amo pero le ha llegado un mensaje de la princesa Charlotte—hizo una reverencia en señal de respeto. De inmediato el ciervo se sorprendió, pero cambio su mueca a una seria. Rápidamente se levanto, acercándose hacía la puerta, mientras otros dos sirvientes oscuros le colocaban una camisa nueva y un abrigo.

-¿Qué ocurre?— titubeo el albino, levantando una mano hacía el.

-Hablaremos después, quédate aquí por el momento en lo que arreglo unos asuntos—despareció por la puerta, dejando al arácnido confundido y miedoso.

-Por favor no te tardes— le rogo con una expresión inocente. Pero nadie escuchó aquella súplica. Se quedó nuevamente solo, pero esta vez con una nueva esperanza, pensando que Alastor no lo va a entregar ni menos traicionar. Suspiro mientras se arrimaba en las colchas, sintiendo las suaves sábanas envolverle. En ese mismo momento se detuvo de golpe, cuando cruzo la puerta encontrándose sorpresivamente con unos ojos profundos llenos de rencor y tristeza. El locutor abrió la boca reconociendo la figura de la mujer en frente de el, quien se mantenía sentada en la mesa, con los brazos cruzados y una mueca irritada pero melancólica a la vez.

-Mimzy—

-Buenos días, querido. Anoche no viniste a nuestra habitación—apretó los labios con desdicha.

-Lo lamento, pero no siempre estaré disponible— camino hacía ella, para sentarse en frente—No eres mi dueño, eso tú lo sabes—odiaba aquella actitud celosa, pero no podía ser cruel con ella. Aquella rubia que lo ha acompañado prácticamente toda su estancia en el infierno—Sabes que tenía un trabajo—acaricio los rosados pómulos de la mujer, pero está se apartó dolida, como si el tacto quemara.

-¿Te acostaste con el?—fue tajante, no podía controlarse, le había dañado profundamente. Pero el ciervo no respondió, no tenía porque hacerlo. Mimzy apretó los labios con rabia, rompiéndose el labio inferior, sangrando profusamente—Al menos puedes decirme si cumpliste la misión ¿No?—quería cualquier pista, cualquier cosa que negara lo evidente.

-Mas tarde lo hablamos. Me llego un mensaje de la princesa—cerro los ojos mientras un sirviente volvía hacer presencia frente a el.

-Como quieras—se levantó sin mirar atrás. Ya no quería saber nada de él. Se dirigió a su pieza y se quedó en la oscura estancia, sentada con la mirada perdida y la mente revuelta. El pequeño sirviente, desapareció en cuanto le dio el sobre a su amo. Alastor tomo entre sus dedos aquel papel, pero antes de tener el tiempo de abrirlo y leerlo, Mimzy llegó con una bandeja de te. Su mirada seguía cargada de rabia, el ciervo no lo noto y gustoso acepto la taza de té que le ofrecía. Pensaba que la rubia había olvidado aquel tema y todo había vuelto a la normalidad. Con delicadeza tomo un sorbo del contenido, encontrándose un nauseabundo y amargo sabor que le irrito la lengua, como si hubiera probado la cosa mas asquerosa que su siniestra vida le pudo otorgar. Sin pensarlo mucho, como un impulso desde su interior, escupió con fuerza todo lo que se llevo a su boca ante de salir corriendo al baño, dejando desconcertada y confundida a la pobre mujer. Jamás había pasado algo semejante cuando mezclaba su sangre en la taza de té. Jamás en toda su estancia en ese lugar, había hecho un brebaje que Alastor odiara. Siempre había prestado atención a los sabores y a la preparación, orgullo de saberse la única que sabía cómo realmente le gustaba el te a su amo y en qué momento debía llevarle un sabor en específico. Sus ojos se llenaron de lágrimas amargas, pensando en aquella destartalada araña que había entrado a su vida para arruinarla sin más.

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