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Domingo, 25 de agosto de 2006
Portland, Oregón
6:30 p.m.
Maisie Lee

Una suave brisa rozaba mi rostro mientras contemplaba aquel atardecer. Era simplemente maravilloso. Inhalé todo el aire fresco que mis pulmones me permitieron y bajé la mirada. La gente corría de un lado a otro, apurada, atrapada en sus compromisos cotidianos.
—¿En serio? —murmuré—. Se están perdiendo una de las vistas más hermosas del mundo... y lo peor es que ni siquiera lo saben.

Volví a dirigir los ojos hacia los últimos rayos de sol. Poder presenciar ese instante fue... perfecto.
La azotea siempre ha sido mi lugar favorito.

—¡¡¡MAISIE, ¿QUÉ DIABLOS HACES AQUÍ?! ¿TE VOLVISTE LOCA O QUÉ?!! —gritó una voz tras de mí. Era Mía, con su cabello oscuro alborotado por el viento. Su miedo era evidente; temía que el frío dañara mis pulmones.

—Hola, Mía. ¿Cómo estás? —sonreí al verla. Mi mejor amiga. Una persona extrovertida, impulsiva y segura de sí misma. Totalmente distinta a mí.

La conocí cuando teníamos diez años. Esa tarde, una ambulancia la trajo tras un ataque de asma. Sobrevivió. Horas después, reuní el valor para visitarla con un dibujo de un sol hecho con crayones. Estaba tan nerviosa... pero logré entregárselo. Ella sonrió y me devolvió una hoja que decía:
"¿Quieres ser mi mejor amiga?
Sí: Sonríe.
No: Haz una triple mortal hacia atrás."

Bueno... ya saben cuál fue mi respuesta. Desde entonces, somos inseparables.

Volviendo al presente...

—¿¡QUE CÓMO ESTOY?! ¡ENTRA YA, ANTES DE QUE LORI TE VEA! —insistió con desesperación. Así que decidí hacerle caso.

—Está bien, pero no te enojes —le respondí, echando un último vistazo al cielo antes de caminar con ella hacia la puerta.

Mientras bajábamos por las escaleras, solté un suspiro. Mía me lanzó la pregunta de siempre:
—¿Estás bien?

Esa frase la he escuchado tantas veces que ya he perdido la cuenta. Estoy cansada. Siempre respondo lo mismo: "Sí, todo bien" o "De maravilla", aunque por dentro me esté desmoronando. Para otros, la vida es una serie de pequeñas batallas; la mía es guerras mundiales diarias en las que jamás hay tregua.

—Sí, todo está bien —mentí con una sonrisa. Ella me imitó, como si eso bastara para calmarla.

Llegamos al pasillo.

—Hola, Maisie. Hola, Mía —saludó la doctora Kim con un leve movimiento de mano.

—Hola, doctora Parker —respondimos al unísono, repitiendo el gesto.

Kim Parker es dulce, simpática y tan bonita que aún me cuesta creer que esté soltera a sus 28 años. Dice que su alma está en su trabajo, pero yo creo que merece tener a alguien que la ame de verdad. No como yo. Mis días están contados si no aparece pronto un donante. Y eso es casi un milagro.
¿Quién, entre 17 y 19 años, donaría su corazón y sus pulmones por una desconocida? Nadie. Para que yo viva, esa persona tendría que morir. Y aunque hay gente generosa en este mundo, lo mío no es sencillo: necesito los dos órganos más vitales y escasos.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero yo hace tiempo que dejé de creer en eso.

Cuando entramos a mi habitación, me lancé sobre la cama. Una de las mejores creaciones de la humanidad, sin duda. A diferencia de los demás, yo puedo pasar en ella todo el tiempo que quiera. ¡Genial! ¿No lo creen?

—¿Vas a quedarte así toda la noche? —preguntó Mía con tono resignado.

—¿Y qué más puedo hacer? Sabes perfectamente que no me dejan salir del hospital —respondí, aburrida.

—¿Y si le pedimos permiso a Lori? —sugirió, con un hilo de esperanza.

Lori Hotson, o la doctora Hotson... Yo la llamo "Honey". No es precisamente dulce, pero se esfuerza. Es firme, recta con las reglas, sería casi siempre. Un osito de peluche en los buenos días. Me ha cuidado desde que llegué al hospital a los cinco años. Es como una segunda madre.
Pero es tan sobreprotectora... Agradezco su preocupación, pero me ahoga. Si voy a morir, ¿por qué no dejarme vivir lo que me queda al máximo?

—Buena idea. Seguro que nos deja salir, y después podemos comprar un pony, llamarlo Penélope y convertirlo en la mascota oficial del hospital —dije con sarcasmo.

—Ya entendí, no hay cómo salir... —suspiró— ¿Y si mejor vemos una serie?

Le sonreí con picardía, ya sabiendo cuál quería ver.

—¡Ay, no! No me vengas con tu cosa de Plaza Sésamo —protestó.

—Ándale... —hice un puchero.

—¿Por qué te gusta ver programas para niños? —dijo, aguantándose la risa.

—Porque me gusta revivir nuestra infancia —respondí, divertida.

—Está bien —cedió—, pero ¿puedo criticar a los personajes?

—Mientras no sea Elmo, adelante.

Estallamos en carcajadas al mismo tiempo. Después de tanto reír, Mía fue a buscar palomitas y yo me encargué de encontrar los episodios. Cuando regresó, nos acomodamos bajo la manta y comenzó la maratón.

Ella no dejaba de decir que Big Bird le daba miedo, mientras yo criticaba al Monstruo Come Galletas. En mi defensa, me daba escalofríos verlo devorar galletas sin descanso. Ni siquiera toma agua. ¿Qué ejemplo es ese para los niños?
Tal vez suene exagerada, pero los niños aprenden todo lo que ven... y yo lo sé por experiencia.

Terminamos de ver todos los capítulos a las 4:00 a.m., completamente afónicas y agotadas. Nos acomodamos en la cama. Me coloqué la cánula, y por fin, nos quedamos dormidas.

Sin duda, fue una noche perfecta.

My SunflowerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora