Capítulo #2

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ANDRÉ:

Entre más me adentraba en aquella carretera rodeada de árboles más frío tenía. Ontario, mi antigua ciudad era fría, pero no sé comparaba con Edmentong, el nuevo pueblo para el que me iba a mudar. Era el lugar perfecto que andábamos buscando, apartado del ruido caótico de Canadá, rodeado de personas cultas, nada fuera de lo común y eso era justo lo que necesitábamos, un sitio donde olvidarnos de los problemas y así dejar en aquella carretera la jodida matanza de hace 3 días.

Mierda. Pensar en ese día me descontrolaba, la sangre, los gritos, la voz de Alison... necesitaba fumar.

Detuve el auto de un rápido frenazo que hizo que la blanca chica de cabello largo oscuro que venía dormida a mi lado despertara.

—Joder André ¿Qué haces?

Gruñó asesinándome con la mirada con el mal carácter que siempre tenía al despertar.

No dije nada y salí del auto luego de cerrar la puerta dejando dentro a Elisa.

Saqué un cigarrillo del bolsillo de mi pantalón y lo prendí con la fosforera negra con detalles en plateado. Aquello me relajaba, me hacía olvidarme de todo al menos unos segundos.

Soltando el humo de entre mis labios y luego de un suspiro le eché un vistazo a Elisa que me miraba con sus ojos negros, murmuró algo por lo bajo y se acomodó en el asiento a la par que cerraba los ojos.

Sonreí.

Un ruido a mi derecha captó mi atención. No se veía nada, todo estaba rodeado de árboles, aunque ahora que me fijaba mejor al final del pequeño bosque se lograba distinguir una construcción.

Movido por la intriga fui hasta allá con paso lento y cuando la imágen se hizo más nítida lo ví, el cementerio de la ciudad.

Era grande y una enorme entrada de hierro con detalles en negro. La neblina, el frío, el bosque y aquellas ramas moviéndose le daban un aura tenebrosa que me hacía recordar a la que era mi casa.

El cigarrillo se me había terminado y decidí volver pero justo ahí el ruido volvió y ahora se sentía más cercano.
Un bulto con forma de persona con una garbandina negra con su capucha captó mi atención. No era su ropa o su paso seguro lo que me hacía seguir mirando, sino el hecho de que arrastraba algo en un bolso de plástico negro.

Algo grande y pesado.

Escondí mi cuerpo tras el árbol que tenía justo en frente y decidí seguir mirando.

De la nada sacó un cuchillo que resplandecía y por un momento temí que pudiera verme por el reflejo. Con un fascinante y solo corte abrió el bolso dejando al descubierto lo que había dentro.

Un hombre.

Muerto.

Tenía la garganta picada y una larga herida desde el pecho hasta la pelvis, parte de sus vísceras yacían fuera del cadáver y el olor a sangre me causaba náuseas.

Pensé en hacer algo por un segundo, acercarme y arremeter con aquel hombre pero estaba en desventaja, no traía ningún arma, solo poco más  que mi celular, las llaves y algun condón, de igual forma el frío en las tripas se apoderó de mí cuando sentí una fría mano sombre mi hombro.

Era Elisa. ¿Qué hacía aquí la muy hija de puta? No podía no, no podían vernos, no con ella, no podía ponerla en peligro bajo ningún motivo.

Con paso rápido la saqué de allí y por suerte no había llegado a ver nada de lo que yo sí.

Arranqué el auto sin hacerle caso a las interrogantes que me lanzaba sin parar.

La imagen de ese hombre o mujer o yo que sé que era no paraba de dar vueltas en mi cabeza, me había traído muchos recuerdos que no quería recordar y yo solo sabía que quizás esté pueblo no era la mejor opción para vivir.

Devoción a CiegasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora