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Maratón
1/4

La semana se acababa y con ella mis últimos encuentros con Noah. Aunque él no lo supiera, claro.

Mi ánimo había decaído notablemente. Estaba distraída para fijar mi atención en algo en concreto. O demasiado concentrado en algo para notar las miradas de preocupación a mi lado.

—¡Alicia!— pegué un buen brinco desde mi asiento, comenzando a sentir la mirada furiosa de mi profesor de filosofía. El señor Julio Santrish. Que me había estado llamando.

—¿Si?— respondí con voz aguda. Bajo la atenta mirada de mis compañeros.

—¿Se puede saber que es más importante que mí clase?— cuestiona ardiendo en cólera.

—Bastantes cosas,— exploto —entre esas mi vida personal.

—¿Y que problemas podrías tener tú?— su enfado aumentaba con mis respuestas, haciendo saltar peligrosamente una vena en su cuello.

—Muchos. Comenzando por su terrible forma de explicarse e indisciplina a la hora de recibir ensayos y proyectos.— algunos de mis compañeros más lanzados, me daba la razón aportándole argumentos bien sustentados a mi rabieta.

—Eso no justifica que la señorita— me señala —, no me preste ningún tipo de atención.

Todos hablaban sin parar y me sentía asfixiada entre los reclamos a gritos de mis compañeros, ya no entendía el tema central de la discusión, pero sabía muy bien, que no quería estar ahí.

Agarro las pocas cosas que tenía fuera de mi mochila y emprendo camino al largo pasillo de el instituto. Nadie me prestó demasiada atención. Salí sin siquiera ser vista por el docente presente, pero suponía una enorme acta de citación para mí madre. Aunque en esos momentos poco me importaba.

Mis pies se movían solos. Aún faltaban cuarenta minutos para terminar la jornada. Así que solo encontré en el camino a parejas metiéndose mano, novias llorando con novios arrepentidos siguiendo sus pasos.

Nada muy alentador, la verdad.

Mario me miro con una ceja encarnada, esperando alguna explicación, pero no tuvo tiempo de nada, cuando me lancé a el pegando mi mejilla en su pecho.

—Ya no puedo...— empecé, aguantando con todas mis fuerzas las lágrimas que empañaban y limitaban mi visión.

—Lo que sea que le suceda,— ni siquiera en un momento así, dejaba de lado el formalismo —seguro que no es tan grave como usted cree.

—¿Por qué tuvo que ser ahora?— continuo omitiendo su comentario. Mario, a pesar de la falta informativa, pasaba las manos por mi espalda, ahora sentados en una banqueta, fuera de el instituto. —¿Y él? ¿Era necesario que apareciera ahora? ¿Estaba tranquila sin él?

Pasó así unos minutos, en medio de sollozos comprimidos.

Ya dentro de la parte trasera del auto. Tome mi móvil entre mis manos, vacilante.

Al encenderlo, mi bandeja estaba más que abarrotada. Todos correos electrónicos. Eso casi hace que se desmaye ahí mismo.

¿Recuerdas nuestra última navidad, cuando tu madre no quería aceptarme?


Si que la recordaba. Pero me daba la sensación de que mi mente se negaba a reproducir el recuerdo. Por miedo tal vez. O por simple sentido de supervivencia, no me creía capaz de controlar mis lágrimas si mi cabeza no lo hubiese hecho.

El Que Se Enamore Pierde [TERMINADA]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora