Isildalf en la servidumbre.

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Viéndose que nos fue mal en la exploración del círculo final del infierno y el ataque de aquella arconte supuso en nosotros una especie de victoria pírrica me dignaré a comentarte de mi parte, acerca de cómo un miembro de esta aventura que se vio arrastrado por sus propios errores a tomar este viaje terminó por tomar un cierto tono más colorido su vivencia. 

Ciertamente a mí esta parte de la aventura me supuso algo más introspectivo y nostálgico, fue un tanto extraño comparándola a las tribulaciones de mis compañeros en lo que mi versión de esta odisea se refiere. 

Al lado de Azrael estaba hasta que un sueño muy fuerte me atrapó, había escuchado que aquel orco había acabado con la arconte, pero no volvió por nosotros, Ansel igual que Sög había desaparecido, no vi cuando se fueron, Azrael me ayudó a salir de este círculo pero cuando vi que salimos por un bosque espeso hasta llegar a un claro y es hasta ahí donde mi memoria me permite acordarme.

Fuera como fuese mi situación, lo que nos compete es que desperté en una cabaña, algo que no me es del todo raro, siempre despierto en lugares raros cuando termino metiéndome en problemas o bebo de más, que para ser honesto ambas situaciones van de la mano en mi vida, pero esta vez era diferente y eso me ponía un poco nervioso porque no sentía olor de alcohol en mi aliento.

 Desperté algo confundido mis heridas estaban sanadas y el sol brillaba con fuerza, el calor era agradable y recuerdo como las camas estaban bien acomodadas y hechas, no parecían estar recién usadas las sabanas a pesar de que podría asegurar que sí, la leña en la chimenea ya se había quemado y eso era otro indicio de que estuve aquí desde el día anterior.

Esto me recordó a cuando era niño, algo bueno y malo al mismo tiempo por razones que he dicho anteriormente, ya ni siquiera tenía mi armadura, y que bueno ya que por alguna razón ya se me hacía incomoda y pesada, pero al mismo tiempo como un contratiempo mayor no tenía mi espada ni mi lampara a pesar de que la cadena aún seguía en mi brazo.

En serio, me sentía como si hubiera salido de beber de una cantina, mi cabeza daba vueltas, pero pues ni modo, era hora de salir de aquí y explorar a ver qué puedo hacer, espero mi vida no se involucre más con esos dos raros, no me pensaba separar por odiarlos, que para este punto ya me agradan de cierto modo a pesar de las molestias que me dan, solo no quiero que ellos me vuelvan a ver, al igual que otra persona en este mundo, si tengo suerte solo seré un mito dentro de las historias, o incluso podría caer en el olvido.

Bueno pues llegó una joven de 23 años más quizás un poco más, vaya suerte la mía ahora seré el niñero de esta mocosa dije en este momento en que la vi. Ella era de sonrisa radiante y ojos brillantes como joyas, su amabilidad era algo contagiosa, aunque alguien como yo no sabía qué hacer para corresponderle de forma agradecida y natural, y mira ella entró para despertarme, pero ella viendo que ya estaba despierto y buscando mis cosas en los baúles solo empezó a reír de la nada, y eso a mí me confundió, pues para que mis cosas estuvieran desaparecidas me daba cierto grado de temor de estar en una trampa.

—Que bien que despiertas dormilón, ya es hora de trabajar o los señores de esta casa van darnos problemas interminables por tu culpa. —Dijo aquella chica de larga y antigua vestimenta de servidumbre, no conozco nada de los nombres del uniforme pese a que mis madres lo eran, tal vez porque no quiero acordarme de esas épocas de mi niñez, como sea su uniforme era azul y blanco con algunos tenía detalles rojos, muy bonitos los colores, a decir verdad.

—¿Quién eres, donde estoy y donde están mis cosas? —Pregunté a aquella joven con cierto tono de ansiedad que se sentía a flor de piel, curiosamente, mientras veía mis prisas por irme ella solo se quedaba ahí parada sin hacerme caso, riéndose de mí como si estuviera viendo a un bufón.

La historia del orco comercianteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora