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Subí las escaleras y caminé hacia mi habitación, me encontré a Sabrina rebuscando en uno de mis cajones, más exactamente, en el que guardaba cosas varias, pero sobretodos los condones...
Carraspeé y me crucé de brazos mientras me apoyaba en el umbral de la puerta.
Esta se giró lentamente hacia mi, tenía la cara roja de vergüenza.
— ¿Me estás robando? — Pregunté con una sonrisa divertida.
Esta escondió rápidamente el empaque plateado. — N-no es eso.
— Enséñamelo.
— No puedo.
— Sabrina...
Se pasó la mano por su rostro tratando de calmar el sonrojo. — Está bien, pero no te rías....
— No lo haré, cielo. — Expliqué mirándola de manera comprensiva.
Esta suspiró con rendición y me mostró el objeto con la cabeza gacha.
Reí con dulzura y levanté su barbilla con delicadeza. — Cariño, si eso es lo que querías tan solo tenías que pedírmelo.
— Perdón por rebuscar en tus cosas sin permiso. — Murmuró apenada.
La abracé con cariño dejando besos en su cabeza. — No te preocupes, es normal que te de vergüenza.
— Ahora, ves y disfrútalo con tu vaquero. Siempre con cuidado.
— ¡Mamá!
La acompañé hasta la salida y dejé la puerta abierta, salí tras ella con cuidado y Merle me acompañó.
—¿Qué le pasa a la mocosa?.—Prendió un cigarro y lo puso sobre sus labios.
Aguanté una risa cuando vi como Carl y Sabrina se besaban con mucha intensidad en el porche.
Le di un empujón a Merle.—Eso le pasa.
Este levantó la mirada y abrió tanto la boca que se le cayó el cigarro al suelo.