15. El "salvaje" se aclimata y parece recobrarla razón
Al día siguiente, 20 de octubre, a las siete de la mañana, después de cuatro días de viaje, el Buenaventura ancló en la playa, en la desembocadura del río de la Merced.
Ciro Smith y Nab, alarmados por aquel mal tiempo y por la prolongada ausencia de sus compañeros, subieron al amanecer a la meseta de la Gran Vista, desde la cual, por fin, habían divisado la embarcación.
-¡Bendito sea Dios, ahí están! -exclamó Ciro Smith.
En cuanto a Nab, en su júbilo, se había puesto a bailar y a dar vueltas, palmoteando y gritando:
-¡Oh, amo mío!
Pantomima más patética que el mejor discurso.
La primera idea del ingeniero, al contar las personas que había sobre el puente del
Buenaventura, fue que Pencroff no había encontrado al náufrago de la isla Tabor o que aquel desgraciado se había negado a dejar la isla y a cambiar su prisión por otra.
En efecto, Pencroff, Gedeón Spilett y Harbert venían solos en el Buenaventura en el momento en que la embarcación llegó a la costa. El ingeniero y Nab la esperaban en la playa y, antes que los pasajeros hubiesen saltado a tierra, Ciro Smith les dijo:
-Hemos estado muy intranquilos por su tardanza, amigos míos. ¿Les ha sucedido algo?
-No -contestó Gedeón Spilett-, al contrario, todo ha ido bien. Ya se lo contaremos.
-Sin embargo -repuso el ingeniero-, veo que no han encontrado nada, puesto que no viene nadie más que ustedes tres.
-Perdone, señor Ciro -repuso el marino-, somos cuatro.
-¿Encontraron al náufrago?
-Sí.
-¿Y le han traído?
-Sí.
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La isla Misteriosa
ClassiciLa isla misteriosa de Julio Verne DERECHOS RESERVADOS AL AUTOR JULIO VERNE YO SOLO SUBI LA HISTORIA
