Lamentos del pasado

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Los pies le punzaban.

Era difícil mantener otro pensamiento ajeno a ese después de una larga caminata de 3 horas.

Desde que comenzó con este infortunio junto a su maestro, no dejó de mirarle la nuca, preguntándose cómo un hombre con tan pocos músculos como él era capaz de soportar tanto tiempo caminando. Ni siquiera un chico en sus juveniles 15 años como Arataka era capaz de soportar algo así, y él se ejercitaba con locura.

"Seguro está usando sus poderes", pensó al sentir las gotas resbalar desde lo más alto de su cabeza formando pequeños riachuelos, como si su cuero cabelludo fuera una fábrica de sudor.

A pesar de sus pensamientos, nada podía ser confirmado así que se limitó a realizar por décimo tercera vez la misma pregunta.

–Maestro, ¿Ya vamos a llegar?

El de cabello azabache no volvió a mirarlo ni disminuyó la velocidad de sus pasos, únicamente Arataka recibió como respuesta una negación evidente. El chico suspiro harto y se le adelantó con un ligero trote.

–No lo entiendo maestro, si el camino es tan largo ¿Por qué venimos caminando y no en un auto?

Shigeo lo miró con esa expresión en blanco de siempre y nuevamente volteó al camino terroso que se formó en algún momento entre el pavimento.

–No sé conducir.

Arataka hizo una mueca de incredulidad, su boca se abrió tan grande que se tragó un mosquito.

–¡Oh!

Fue lo que exclamó después de que tosió con ánimos, lo que pasó justo después de ponerse verde por el asco.

–¿Cómo es posible? Creí que sabías hacerlo, quiero decir, eres un adulto y las personas suelen aprender a hacer eso desde su juventud, ¿No es así?

–Los autos me marean –respondió con simpleza, Arataka procuro no abrir mucho la boca para mostrar su incredulidad.

–¿Es en serio? –Arataka se cruzó de brazos, indignado por su descubrimiento–. Y yo que anhelaba que me enseñarás a conducir algún día.

Shigeo no actuó particularmente emocional por eso, solo miró hacia el frente y se disculpó, a lo que Arataka bufó.

–Da igual, lo que me importa ahora es saber a dónde vamos.

–Ya te lo había dicho.

–¡Pero me muero del aburrimiento! Tengo que escuchar otra voz además de la mía o me volveré completamente loco.

El azabache lo miró de reojo por un instante, luego su mirada regresó al camino.

–Un cliente nos contactó a larga distancia gracias al sitio web que creaste. Me contó que salió a realizar un poco de senderismo hace un par de semanas, llegó a un bosque al que estaba acostumbrado explorar pero se asustó.

–¿Una ardilla quizás?

–Lamentos –respondió Shigeo–. Escuchó lamentos, nos envió un vídeo del momento pero no captó nada.

–¿Entonces a qué venimos hasta acá si no hay nada seguro?

–Cada llamado debe ser atendido –dijo Shigeo–. Debemos tomar a nuestros clientes con seriedad.

Arataka bufó poniendo los ojos en blanco.

–Que pérdida de tiempo –susurró, nuevamente se volvió a Shigeo–. Al menos ya acordaste un pago con él, ¿Verdad?

El silencio de su maestro envió su alma a sus pies, la palidez de su rostro lo reflejaba por completo.

–No puedes estar hablando en serio.

Seré yo (Mobrei)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora