El extraño:

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El auto se encontraba detenido a la sombra de un gran olmo, que había en la esquina de un parque poco concurrido y apartado de la metrópoli. Ava se hallaba lejos de la ciudad, sin embargo aún escuchaba el ruido de esta en su cabeza. Le martillaba el cerebro y comenzaba a costarle pensar, luego de que el extraño comenzara un desconectado relato, que apenas entendió.

—Espera un momento... ¿Crees que una de esas chicas era Ángela? ¿Cómo me dijiste que se llamaban? —preguntó con un hilo de voz. El horror emanaba de cada poro de su piel.

—Se llaman "Las sweet girls"... No puedo darte esa seguridad, pero podría ser ella.

El hombre, que se presentó como Manuel Vila, le explicó que su vida no siempre había sido ejemplar. No era ni había sido ningún modelo a seguir. Unos presuntos amigos lo habían llevado por mal camino y él, joven e ingenuo, se había dejado arrastrar. Aunque, reconocía, la codicia había sido su principal impulso. Una buena cantidad de dinero casi sin esfuerzo lo tentó más allá de su propio dominio, más allá de su propia consciencia. Parecía temer que la mujer pensara demasiado mal de él, sin embargo lo que tenía que decir no iba a agradarle de ningún modo. Así que decidió sacarlo como lo había preparado, sin excusas y sin exigir que se le comprendiera.

Hacía un tiempo atrás, se había topado con un excelente negocio que no pudo ni quiso rechazar. En ese entonces era un simple empleado del correo que se dedicaba a transportar paquetes fuera del país. Su sueldo era una miseria y apenas le alcanzaba para pagar un alquiler y para sobrevivir el mes sin morir de hambre. Vivía al límite. Manuel no tuvo escrúpulos para aprovechar un dinero extra. No vio peligro alguno, cegado por la codicia... al menos al principio.

—Pero... aun no comprendo qué hacía allí.

—No lo sé. Mi contacto me llamaba por teléfono a cualquier hora y me decía a dónde debía ir y el horario, generalmente de noche. Cargaba las cajas de los pedidos en la camioneta y partía. Nos juntábamos en plena ruta... Pero había algo más... A veces el tipo venía en una camioneta blanca, otras en un auto gris oscuro con los vidrios polarizados. De ellos bajaban chicas jóvenes, unas tres o cuatro por vuelta, no más... Me dijeron que eran prostitutas que iban a trabajar fuera del país y que debían pasar por la aduana. La mayoría no tenía pasaporte... Yo las escondía en mi camioneta, detrás de las cajas del correo... Hay un bar nocturno del otro lado de la frontera, a sólo unos cinco quilómetros. Las chicas siempre iban y venían, era algo normal y lo sigue siendo. Se apodan todas las que trabajan allí como "Las sweet girls".

—¡Oh, Dios! ¿Prostituta? ¿Ángela? —No podía creerlo, algo no andaba bien. Pasó los dedos por su frente adolorida.

—Un día —continuó Manuel con su relato— una chica joven de ojos verdes venía muy golpeada. El hombre estaba muy nervioso y me dio una explicación extraña. "Se ha peleado con una compañera", me dijo. Mentía... ¡Esas marcas eran de alguien que le había dado una buena paliza! Casi no podía hablar... En el auto había otra chica más, que parecía muy ida, creo que estaba drogada. Metimos a las dos en la camioneta. La joven golpeada me agarró el brazo con fuerza, cuando el hombre que las había trasladado nos dio la espalda. Me dijo que se llamaba algo Faro, no entendí muy bien sus palabras, casi no podía hablar. Me dijo que no olvidara su nombre.

Fue recién entonces cuando Manuel empezó a sospechar que quizás algunas de aquellas chicas no iban allí por voluntad propia, que había algo raro en esos traslados de un lugar a otro de la frontera. Además, esta chica parecía menor de edad. Demasiado menor para que el asunto fuera legal. Por otro lado, la joven estaba aterrada del hombre que la había traído. Lo soltó a penas se dio cuenta de que los miraba y comenzó a temblar entera. Manuel cerró la camioneta de inmediato.

Ecos de la memoriaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora