En las sombras la luz nace:

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Las hermanas gemelas compartían el capricho de un nombre parecido inventado por su madre. Rona era en aspecto físico igual a su hermana, pero tenía un optimismo que Nora no poseía. Siempre sonreía y sacaba lo bueno de las situaciones más malas. Inculcó en las dos mujeres y, en especial, en la inquieta niña, calma y esperanzas que antes no habían tenido. Les propuso averiguar qué había pasado con los heridos a la mañana siguiente en el hospital si prometían quedarse un día más. Ava pensó que sería lo mejor, no tenían donde ir y con seguridad todavía las estaban buscado. Nora les había llamado para decirles que no abrieran la puerta, un extraño "oficial de policía" las estaba buscando casa por casa en el barrio, sin embargo de ellas no se hablaba en ningún canal de noticias.

La advertencia pasó como el viento, ya que el supuesto oficial nunca llegó tan lejos. A la mañana siguiente, se quedaron solas en el departamento.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Ángela, que estaba sentada en el piso junto a Milagros. Habían colocado frente a ella papel y unos lápices, para entretenerla. Al parecer era su juego favorito porque la mantuvo callada y quieta durante casi toda la mañana.

—Tendremos que ir a la policía, cariño.

—¡Oh, no, mamá! A la policía, no. ¡No harán nada! Lo sé —declaró Ángela, mientras negaba con la cabeza. Su madre vio miedo en sus ojos verdes.

—No podemos escondernos toda la vida, algún día tendremos que enfrentarlos —le respondió.

Ángela largó un suspiro y sus ojos se le llenaron de lágrimas. Ava pensó en lo cambiada que estaba, parecía una criatura que había tenido que madurar de golpe. La seguridad que antes tenía en sí misma había desaparecido por completo, su carácter rebelde, risueño y despreocupado también. Ya no era más su niña vivaz de quince años, la luz que en ella había se había apagado. ¿Se habría apagado para siempre? Pensar en esto le provocó ira e impotencia. Se acercó a ella, se agachó y la tomó de los hombros. Tenía que acostumbrarse a verla como una mujer.

—Estaremos bien, cariño, te lo prometo —le dijo.

La joven la abrazó y lloró sobre su hombro. Tenía miedo, mucho miedo. No podía volver a donde había estado, si la capturaban se suicidaría, lo tenía decidido. Las cosas a las que la había sometido Alessi no podría decírselas a su madre nunca y, por suerte, todavía no había hecho preguntas. Sus manos temblaban tanto que llamó la atención de Ava.

—¿Te sientes bien? Tus manos.

—Sí... más o menos. Es el efecto por... No importa.

—Dime —le suplicó.

Esa era una de las cosas de las que Ángela no deseaba hablar y tuvo que forzarse a hacerlo.

—Es por la ausencia de esa droga... En la casa de Alessi nos inyectaban algo todos los días, nunca supe qué, pero me sentía... Nos sentíamos como en otro planeta todo el tiempo. Era difícil pensar con claridad.

Ava no pudo hablar, un nudo atoró la voz en su garganta pero, de pronto, tuvo las ganas de golpear a su cuñado con sus propias manos.

—Vamos a denunciarlo esta misma tarde.

—¡No, no, mamá! ¡Por favor! Ellos vendrán y nos harán daño... el tío me dijo... me dijo que te mataría si alguna vez hablaba con alguien de la policía. Además, ¿Quién nos creería? Sólo soy... ya sabes. ¡Una prostituta! No me creerán —dijo Ángela muy alterada, tratando de convencerla. No podía decirle que varias veces había visto a muchos de estos policías pagar por sus servicios. Incluso una vez vio como Raúl le pagaba a uno por su silencio, cuando comenzó a hacer preguntas sobre las menores que limpiaban el piso del bar. El hombre recibió el dinero y nunca más lo vieron.

Ecos de la memoriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora