El pecado del médico:

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Un ruido estridente comenzó a ingresar a la fuerza en su consciencia. Casi a ciegas, Ava logró llegar a la puerta y recién allí su mente logró despejarse un poco. El torbellino de colores, olores y sonidos se unificó.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ava, llevaba una bata rodeando su cuerpo.

—¿No vas a dejarme entrar? —Su hermana se había aparecido sin avisar.

La mujer hizo un gesto de molestia, que no pudo o quiso ocultar, y miró detrás de ella. El departamento estaba muy desordenado y algo sucio. En la mesa había un plato con un vaso solitario de la noche anterior. El agua que se había escurrido de este último manchaba la madera.

—No esperaba visitas —dijo Ava entre dientes. Luego cerró la puerta y destrabó los seguros.

Apenas entró Aurora, la mujer rubia comenzó a hablar sobre el estado de las cosas que se esparcían por todos lados.

—Si hubiera sabido que venías, habría limpiado un poco —replicó la dueña, molesta.

—Mira, no he venido a criticarte. Pensé que a las once de la mañana ya ibas a estar levantada —dijo, echándole una ojeada a Ava. Había tenido problemas para salir del trabajo y estaba de muy mal humor, sin embargo no había ido con la intención de pelear.

—Sabes que las pastillas me duermen —se defendió molesta. ¿Por qué su hermana siempre lograba que se sintiera mal consigo misma? Además, después de la noche que había tenido...

—Espera un momento aquí, me voy a cambiar —manifestó, mientras retiraba una toalla que había dejado en una silla. Luego se dirigió hacia la habitación.

Media hora después, se encontraban tomando café en la pequeña mesa donde comía Ava. El silencio las rodeaba y ninguna se atrevía a romperlo, Aurora porque no sabía cómo decir lo que había ido a decir sin ofender a su hermana y esta porque no tenía ganas de comenzar una nueva pelea. Al fin, la primera se decidió.

—Estoy muy preocupada por ti. No nos hemos comunicado bien desde... no sé cuándo. Siempre me das respuestas automáticas para casi todo.

—¿Qué quieres decir con eso? —replicó a la defensiva.

—Siempre me das la misma respuesta: "estoy bien". ¡Y no dices nada más! ¡No comunicas nada!

—¡Porque es cierto!... No tienes de qué preocuparte...

Aurora la interrumpió.

—¿Qué pasó en la fiesta de Enrique? ¡Huiste después de la cena!

Su hermana la miró de reojo y tomó un largo trago, mientras murmuraba de forma bastante audible: "lo notaste."

—¡Por supuesto que lo noté! —replicó, molesta, Aurora. La otra mujer largo un sonoro suspiro, su cabello despeinado se movió alrededor de su rostro.

—Sabes que no me siento cómoda con... "tu gente".

—Mis amistades, querrás decir —declaró su hermana, mientras dejaba de lado la taza. Luego añadió—. Mírame, Ava. Eso es lo que me preocupa mucho. Te pasas la vida encerrada en este diminuto departamento sin nada en qué ocupar tu tiempo. ¡Ni siquiera tienes amigos!

Ava se puso colorada e incómoda.

—¡Claro que tengo amigos!

—¿Quién?

La mujer titubeó unos segundos.

—Está Valeria.

—¿Valeria? ¿La hija de la dueña de local de ropa donde trabajabas hace tres años?

Ecos de la memoriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora