El psiquiatra:

121 5 0
                                    

Ava recordaba muy bien aquellos primeros días internada. Gema había sido una brisa cálida en aquella frialdad en la que subsistía, a pesar de sus extrañas reacciones. La gente que trabajaba allí por lo general era amable, excepto unos pocos crueles como el enfermero Estévez. Al principio el joven le había parecido afable y hasta divertido, no obstante no tardó en conocer su verdadera naturaleza. Al sujeto le gustaba hacer sufrir a ciertos pacientes, en especial a los que le daban a él más trabajo. Por supuesto, nunca cometía un desliz frente a sus colegas. No era tan escrupuloso con los demás, sin embargo. A los internos no los tomaba en cuenta, ¿quién se fiaría de la palabra de un "loco"?

En el primer mes, Ava avanzó mucho en su recuperación. La terapia le ayudó a comprender su condición y a reconciliarse con su realidad. Ya no insistía en que Ángela había desaparecido y que la policía debía buscarla, tampoco se despertaba tan a menudo presa de pesadillas donde un monstruo secuestraba a su hija. Cada amanecer, luego de llorar un poco, se repetía a sí misma la misma frase: "No existe". Acabó por dejar atrás esos recuerdos que la perturbaban y le llenaban la cabeza de dudas, y aprendió a tragarse las lágrimas. Ava había inventado a una niña, como le decía la psicóloga, muy parecida a ella misma de adolescente con el objeto de llenar un vacío interior. Un deseo inconfesable de ser madre...

A pesar de todo el progreso, la medicación que le daban le hacía bastante mal. La doctora con la que tenía terapia personal comenzó a inquietarse. No le dijo, por supuesto, sobre sus recelos. Un día la mujer la escuchó exponiendo sus dudas a otra doctora, que venía a tratar a un paciente que tenía una enfermedad coronaria.

Aquellas dos mujeres se encontraban hablando en una parte del jardín que rodeaba el hospital, mientras fumaban. Ava iba paseando por un sendero, aquel no había sido un buen día; había descubierto al enfermero molestando a la anciana Matilda y lo había denunciado a otra enfermera. La mujer, en vez de enfrentar al hombre, le había preguntado si estaba tomando la medicación. Encima, cuando ella le aseguró que no se había inventado nada, le explicó con lástima que los esquizofrénicos solían sentirse atacados por alguien cercano a ellos. Comentario fuera de lugar, ya que ella no era la "atacada" y Estévez no era allegado a ella. Entonces salió para tratar de librarse de la ira que la había invadido. Ava, oculta por unos setos y unos arbustos floridos, no se había dado cuenta de la presencia de las doctoras hasta que las oyó. Ninguna de aquellas notó que la paciente estaba allí.

—Como te decía, estoy preocupada por ella y no sé qué hacer —decía la doctora Coll.

—¿Ha retrocedido?

—No, en realidad está bastante bien para ser nueva aquí —susurró la mujer, nerviosa—. Sin embargo esa medicación...

—No te comprendo... ¿quién? —preguntó la otra doctora—. No sabía que habían traído a alguien nuevo.

—Ava Faro. Ingresó con un diagnóstico de esquizofrenia, pero... —La mujer bajó aún más la voz—. Creo que algo está mal.

—¿Quién realizó el diagnóstico?

—El doctor Marfil.

—Es especialista, dudo mucho que se equivocara, Josefa.

—No digo que esté equivocado, todo en su expediente indica que es así. La medicación está mal, la trastorna más. Pensaba hablar con él.

La otra mujer la interrumpió. Había algo raro en el tono de su voz que hizo que Ava se confundiera, ¿miedo?

—No lo hagas, ya sabes cómo es.

—Pero...

—Por favor, Josefa. Si él dice que tiene que tomar esa medicación, pues que la tome. Analía Gonzáles se enfrentó a él y ya sabes cómo terminó —le advirtió su colega.

Ecos de la memoriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora