Encuentros:

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Aurora no volvió a aparecer por el departamento, para alivio de su hermana. Sin embargo, esta reconoció que tenía razón cuando le expuso su opinión de que debía salir más seguido. De esto se daba cuenta. No obstante, cada vez que Ava tenía la necesidad de salir al mundo exterior, al pisar el umbral de la puerta comenzaba a tener ciertos síntomas: le costaba respirar y temblaba tanto que pronto su decisión le fallaba. Pasaron de esta manera aproximadamente diez días, hasta que un inconveniente la empujó puertas afuera.

La mujer estaba revisando las compras que le había encargado a Leticia, ya que algunas veces olvidaba cosas, cuando esta le dio una funesta noticia.

—Señora Faro, no voy a poder seguir trayéndole los mandados.

Ava la miró asustada con sus ojos negros.

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —le preguntó precipitadamente, mientras se mordía las uñas—. Sabes que no puedo prescindir de ti, Leticia. Necesito...

Al ver que la mujer estaba cada vez más nerviosa, la joven la interrumpió. Levantó un poco las manos y dijo:

—Sólo serán tres días, no se preocupe.

—¡Tres días! ¡Esos son muchos días! —se alarmó.

—Me iré de vacaciones con la escuela... Al Lago Oro Negro. Mamá no quería que fuera, pero la convencí. ¡No hay nada de malo e irán las profes! Estaremos todos seguros —dijo, mientras en sus ojos aparecía un brillo de felicidad y a su pensamiento le crecían alas.

Ava lo notó y se mordió los labios.

—Eso es... maravilloso, Leticia —se obligó a decir.

—¡Oh, sí que lo es! He estado ahorrando todo el año —contestó la adolescente con una enorme sonrisa.

—Espero que lo pases bien.

—Gracias, señora Faro. Estaré de vuelta el lunes —le aseguró y luego, no sin antes divagar un rato, se despidió con un gesto de la mano.

Cuando cerró la puerta, Ava tuvo otro ataque de ansiedad, pero esta vez se sentó en la cama y logró controlarse... Bueno, al menos le serviría para salir, se dijo, tratando de que la poca valentía que le quedaba bajo la piel le alcanzara al menos para ir al almacén. Sólo serían tres días... Iba a sobrevivir.

El viernes comenzó con buen ánimo. Bajó hasta el estacionamiento sin que tuviera ningún problema, lo cruzó y dobló hacia la derecha. Recorrió la estrecha vereda, pasando el edificio vecino, y llegó a la esquina. Recién allí la desconcertó encontrarse con una casa en construcción que antes no estaba en el lugar. El sutil cambio en el paisaje le produjo un miedo irracional y comenzó a temblar. Ava cerró los ojos y contó hasta diez. Luego se obligó a caminar, cruzó la calle y pasó rápidamente por el frente de la construcción, manteniendo el paso hasta el mercado que había a media cuadra. Allí la dueña la trató tan bien que le arrancó una sonrisa. Luego hizo el camino de vuelta y al pisar otra vez el estacionamiento se echó a reír. No podía creer que hubiera estado encerrada durante tanto tiempo...

Al día siguiente tuvo un encuentro inesperado. Estaba recorriendo los pasillos estrechos del pequeño mercado, buscando un paquete de arroz, cuando sintió que alguien la llamaba por su nombre.

—¿Ava? ¿Ava Faro?

Sorprendida, la aludida se dio vuelta. Ante ella se encontraba una mujer de piel oscura y cabello negro como el carbón. La observaba con esos ojos oscuros tan dulces y que en el pasado le habían traído tanto consuelo.

—¿Enfermera Ríos? ¡Qué bueno verla! —exclamó Ava, gratamente sorprendida y la saludó con un beso en la mejilla.

—¡Oh, no me llames por mi apellido! Me siento una vieja —rió la mujer con afecto. Tendría alrededor de 56 años—. ¡Tanto tiempo ha pasado! ¿Cinco años?

Ecos de la memoriaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora