Después de lo ocurrido en el bosque, me dirigí a casa a paso lento mientras las gotas de agua que caían del cielo se mezclaban con las lágrimas regadas por mis mejillas. Llegué a mi hogar totalmente empapado, con la mirada y el alma perdidas. Me sentía un muerto en vida, carajo, ya ni siquiera sabía cómo me sentía en ese momento o en cómo me sentía ahora mismo.
No había dormido absolutamente nada, me la pasé llorando toda la noche hasta que de un momento a otro dejó de serlo y se convirtió en día. Lo supe gracias a los rayos del sol irradiándose a través de la cortina que cubría la ventana y no tuve más opción que levantarme de la cama.
Me di una ducha rápida y me arreglé para la escuela, tomé mi mochila sin tener idea alguna de si tenía todos mis libros y cuadernos en ella y bajé las escaleras mientras me colocaba uno de los tirantes en el hombro. Tallé mi ojo izquierdo en busca de aclarar mi vista y deshacerme de ese molesto filtro borroso, pero no se iba a quitar a menos de que me tomara una larga siesta. Claro, no lo iba a hacer.
Noté a mi mamá desde la cocina con una mirada de preocupación hacia mí, sus cejas se encontraban arqueadas y se notaba ansiosa. Parecía que no se quería acercar a mí por miedo a molestarme y, aunque se hubiese acercado no me habría molestado en lo absoluto, le agradecía que no lo haya hecho. Quería estar solo por un momento y no hubiera estado a gusto hablando con alguien sobre lo que sucedió ayer con cierta persona.
Le di vuelta a la manija de la puerta y la abrí, la cerré una vez que estuve en el andén de mi casa y tomé el camino de todos los días para dirigirme a la escuela. Caminaba vacilando una que otra vez y me desviaba del camino, necesitaba urgentemente reconciliar el sueño y sentía que en cualquier momento detendría mi caminata para acostarme en la vereda y dormirme en ella como si fuese un indigente.
Al llegar a la entrada de la escuela y, sin siquiera haber llegado a pisar el suelo del lugar, las miradas de los demás se clavaron sobre mí como balas. Los que estaban haciéndose compañía pronto comenzarían a cruzar miradas entre ellos y a murmurarse cosas en el oído como si se acabasen de enterar de algo que yo había hecho. Mierda, como odio a la gente así, que vive de palabrerías.
Caminé por el pasillo y me detuve en mi casillero, lo abrí y comencé mi intercambio de cuadernos. Aún continuaba oyendo los susurros sacando especulaciones sinsentido sobre las posibles razones de mi ruptura con Megan, joder, ¿por qué les interesa tanto saber de la vida personal de desconocidos? De verdad que sus vidas son demasiado aburridas y lamentables.
Y, hablando de Megan, cuando cerré la puerta de mi casillero la miré caminar por el pasillo con su grupo de amigas. Se dirigían hacia donde estaba yo y, cuando la pelinegra y su grupo pasaron delante mío, recibí una mirada de reojo impregnada de rechazo de parte suya. Megan con sus ojos azules llegó a intimidarme cuando hace apenas unos pocos días me observaba con cariño y aprecio, claro, si ella me quería y yo no logré corresponderle.
Solté un suspiro que había estado atorado en mi pecho desde hace un largo rato, recosté la espalda en los demás casilleros y miré el suelo mientras dejaba que la decepción que me tenía hacia mí mismo se propagara por toda mi mente. Sentía este día de mi vida como uno que no tenía sentido alguno y que ni debía de estarlo viviendo.
Fui oyente de unos pasos cada vez más audibles conforme se aproximaban a mi localidad. No sabía quien podía ser ni tampoco podía imaginármelo, porque ¿Quién querría hablar con alguien como yo?
Aún con la vista baja, miré de reojo las zapatillas blancas que llevaba puestas esa persona. También se apoyó en los casilleros, a mi lado y sentí sus ojos sobre mí. Unos ojos con los que me encontraría a los pocos segundos y con los que descifraría la identidad de este chico.
—Hey, Sung. Creo que no hace falta preguntar cómo estás, tu cara lo dice todo —. dijo Jeongin y, pese a que se notaba preocupado por mí, me regaló una diminuta sonrisa que me reconfortó solo un poco.
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Pecador [ Minsung ] [ ✓ ]
RomansaHan Jisung, un adolescente de 15 años que cumple el rol del miembro más menor de una familia extremadamente religiosa. Durante toda su vida le enseñaron a ser un fiel devoto cristiano, lo cual ha influenciado en su forma de pensar y de ver la vida...
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