Los siguientes días escurrieron con la rapidez de un helado en pleno verano.
Konig te había llevado a su hogar; no le preguntaste ni tampoco te dijo pero lo dedujiste por las fotos familiares y los objetos que te rodeaban.
Era un poco doloroso ver la cara que Konig hacía cada vez te miraba los primeros días que estuviste ahí; no era difícil adivinar por qué; no necesitabas ponerte frente a un espejo para saber lo terrible que seguramente te veías.
Todo el tiempo que estuviste encerrada en aquél agujero, sin comer, si asearte, haciendo sólo un mínimo esfuerzo por respirar, porque era una función automática del cuerpo, tampoco tenías el valor suficiente para intentar dejar de hacerlo.
Mirabas hacía abajo y podías ver como tus huesudas costillas se asomaban debajo de tu pálida carne, a consecuencia de ese prolongado periodo de inanición auto impuesto; ya en los últimos días ni siquiera sentías hambre, solamente un vacío en el estomago que combinaba con la pesades que sentías en tu pecho. Tus labios secos, debilidad en piernas y brazos, tus manos temblorosas y húmedas, el frío que te abrazaba.
Sentías que te marchitabas ahí sentada.
Pero en el fondo, sabías que eso era cómo debía ser, te merecías estar ahí, eso era lo que merecían las personas como tú, por eso nunca pasó por tu cabeza siquiera la idea de intentar salir de ahí
Por eso, cuando Konig apareció, sentiste una culpa inmensa, una culpa que se extendía por todo tu ser, porque en el fondo, sabías que querías que Konig llegara, que Konig te sacara de ese agujero, que te salvara.
Sin embargo, aunque así sucedió, aunque ese hombre enmascarado apareció a tu rescate como esas caricaturas de superhéroes, y te sacó físicamente de ahí para ponerte en un lugar seguro, en tu cabeza, seguías ahí, encerrada, donde merecías estar.
La primera vez que tomaste un baño en mucho tiempo, fue cuando Konig te obligó, no tenías energía para ponerte de pie por ti misma, pero tampoco para resistirte cuando Konig te levantó en sus brazos, como una muñeca sin vida y te llevó hasta el baño.
Te puso suavemente en un mueble de baño y se agachó para empezar a desvestirte. Pasaron por tu cabeza recuerdos de cuando estabas en el cuartel con Konig, de las veces que te desvistió antes, y buscaste en su mirada una sombra de intenciones aparte de bañarte.
No tenías ánimo ni energía para siquiera intentar algo como lo que tus recuerdos te traían, pero si Konig quería hacer algo aparte de bañarte, tampoco tenías energía para resistirte.
A medida que te iba quitando cada prenda, su miraba pasaba detenidamente por cada parte de tu cuerpo desnudo, no identificabas lo que había detrás de su mirada, él parecía sereno, casi una cara de poker, pero lo conocías ya lo suficiente para saber que había algo detrás de eso. No era lujuría, ni tampoco deseo, como muchas veces antes.
¿Era asco?
Claro, miraste abajo, a tu cuerpo desnudo, tus costillas salidas y huesudas, debajo de tu piel delgada y pálida, los huesos de tus pelvis sobresalientes. El cuerpo del que antes estabas tan orgullosa, construido a consecuencia de tanto entreno y esfuerzo, echo polvo. Sentiste la amarga vergüenza recorriéndote, casi querías pedir disculpas.
Quizás después de eso, ya Konig no iba a querer hacerse cargo de ti, porque después de todo, lo único que podías ofrecerle, ya lo habías destruido.
Tenías miedo de verlo a la cara, tenías miedo de ver su rostro y encontrar repulsión. Pero antes de siquiera poder levantar tu cara, sentiste como el hombre te acercaba a él y te apretaba con fuerza. Tanta fuerza que casi te dolió.
Estuvo un rato abrazado a ti, con la respiración afectada, cuando por fin te soltó, lo miraste, no era asco ni repulsión lo que se presentaba en su cara, era dolor.
Tenía el rostro completamente abatido. Los ojos, enrojecidos y vidriosos, parecían sostener un llanto que ya no tenía fuerzas para salir. Las cejas permanecían ligeramente fruncidas y la mirada perdida, como si todavía intentara comprender cómo algo así podía haber ocurrido. Sus labios temblaban apenas, apretados en un esfuerzo inútil por contener el dolor. Había una palidez extraña en su rostro y una expresión de impotencia que lo decía todo: no era solo tristeza, era el dolor de ver sufrir a alguien que amaba y no poder hacer nada.
Lo entendías completamente, habías estado en su lugar antes.
El hombre te levantó con cuidado y te sentó en la bañera, el agua tibia te recibía cálidamente, era lo más agradable que habías sentido en meses. Suspiraste de alivió. Konig limpió tu cuerpo lenta y cuidadosamente, como madre bañando a su recién nacido, con la mirada llena de dolor, a medida que pasaba por cada parte de tu cuerpo deteriorado.
Desenredo y lavó tu cabello, sus dedos se hundían entre el cabello con una delicadeza casi devota, deshaciendo cada nudo uno por uno, sin tirar, sin apresurarse. Lo separaba en mechones con la paciencia de quien teme romper algo sagrado. Luego dejó que el agua recorriera lentamente cada hebra, masajeando el cuero cabelludo con una suavidad que rozaba la adoración. No parecía estar lavando un cabello, sino cumpliendo un ritual; como si frente a él no hubiera una persona, sino una divinidad a la que se le debía el máximo cuidado. Cada movimiento era lento, preciso y reverente, como si hasta el más mínimo tirón pudiera ser una ofensa.
Casi deseabas que nunca terminara, pero lo hizo y te levantó y rodeo con una toalla suave y gruesa, para llevarte nuevamente a la habitación en que estabas anteriormente; te visitó con el mismo cuidado con el que te había quitado la ropa anteriormente y te abrazó nuevamente.
Los días siguientes transcurrieron bajo los mismos cuidados, con una ternura casi maternal. Te alimentaba, te curaba y se aseguraba de que descansaras, atendiendo cada necesidad con la paciencia y delicadeza con la que una madre cuida a su bebé. Poco a poco, entre comidas, medicinas y largas horas de sueño, el dolor comenzó a ceder y recuperaste algo de tus fuerzas. Hasta que, finalmente, te sentiste lo bastante fuerte para romper el silencio y hacer una pregunta:
-¿Está muerto?
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König x lectora
FanfictionLlevabas ya un tiempo compartiendo habitación con Konig, al principio la idea no te había convencido del todo, pues se suponía que la distribución de los compañeros de habitación no eran mixtas, pero al ver que el hombre no protestó en ningún moment...
