Una detective integra e incorruptible. Un alto mando criminal decidido a conseguir la hegemonía de la ciudad. Un trato capaz de unirles. Una atracción
desmedida. Un amor prohibido. ¿Será ella capaz de cambiar sus convicciones?
¿Puede alguien condena...
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Muelles de Tokyo, 17:30 pm
Me paro enfrente de la puerta del almacén aparentemente abandonado del puerto de Tokyo y realizo una profunda inspiración para dejar escapar el aire preso en mis pulmones.
Necesito armarme de valor para lo que estoy a punto de hacer.
Es incongruente e ilógico.
Es amoral e incluso deshonesto.
Pero tratándose de Ren Keitani y su mundo, es lo único que puedo hacer.
Miro a las alturas y contemplo la luna llena que poco a poco, va ocultándose tras una nube; los lúgubres muelles del puerto caen un poco más en la penumbra y yo, en un gesto de valor, abro la puerta y entro al lugar que Ren Keitani y su grupo Kendo han elegido para realizar sus trabajos sucios.
El temblor y el miedo que siento no se deben exclusivamente al alto dirigente de la famosa organización criminal y la peligrosidad que desprende, el temor más profundo que me atenaza es hacia mí misma y las sensaciones que me dominan cuando ese sádico bastardo está cerca.
Camino por el viejo almacén en dirección a los golpes y gritos que se escuchan al fondo de la estancia.
Me cruzo con varios miembros de Kendo que me miran con interés, pero ninguno intenta detenerme y sólo observan mi avance.
Los golpes y sollozos son cada vez más fuertes.
Intento darme ánimos, recordar por qué estoy aquí.
Han pasado doce horas y sé que las ocho siguientes son determinantes. Intento tranquilizarme y excusarme repitiéndome qué a veces, la única opción que queda para combatir el mal, es otro mal más perverso.
Y Ren Keitani es la personificación del mismísimo diablo. Incluso su belleza es comparable a la del malvado y poderoso Lucifer.
Rodeo el montón de cajas viejas que se apilan hasta el techo del almacén y entonces, le veo:
Ren se encuentra en lo alto de una especie de tarima que se alza al fondo del almacén. Hay varios miembros de su banda situados cerca de él. Algunos están sentados encima de cajas vacías, otros observan a su alto mando de pie. No veo a su hermano Randy por ninguna parte.
En medio de la tarima se encuentra colgado de unos grilletes el cuerpo ensangrentado de un hombre. Su torso está desnudo y veo las horrendas heridas abiertas que presentan su espalda y costados.
Un charco de sangre se ha formado debajo del cuerpo inerte suspendido del techo.
Trago duro y observo al hombre de metro noventa de estatura que se encuentra de pie en medio de la tarima con una barra de hierro en las manos.
Mi corazón se acelera y mi piel se estremece con un escalofrío al verle ya desde más cerca.